¿Tengo “una persona”?



El tema de este mes no sólo representó un desafío para mí a la hora de encarar este artículo, sino que me hizo explorar cosas sobre las que no había pensado. ¿A qué se estarán refiriendo con “mi persona”? ¿A un ídolo o ídola? ¿A una pareja? ¿Tengo “una persona” en mi vida?


No puedo dejar de expresar que el tema me sonó espeluznante desde el principio. Preguntarme a mí misma si había una persona significativa en mi vida estando soltera desde ya hace algunos años, me resultó tan agotador, que borré este artículo de mi conciencia por varios días. De inmediato, asocié este disparador creativo “mi persona” con un vínculo amoroso y en ese departamento de mi vida, últimamente sólo pasan volando cada tanto esas plantas rodantes que se ven en los western. En resumidas cuentas, me puse una trampa, me tiré sobre ella y me quedé un buen rato ahí, sintiendo autocompasión.


Bastó una aclaración atinada y salvadora de una buena editora para que se me prendiera, no una lamparita, sino una ristra de luces navideñas en mi cerebro, tan acostumbrado a transitar los mismos lugares. ¿Por qué “esa persona” especial tiene que ser un vínculo amoroso? Cuando caí en la cuenta de que me había metido en ese berenjenal solita, me sentí un poco avergonzada. Por cierto, otro espacio donde mi cerebro se siente a gusto. Y, aunque parezca que estoy divagando, la mención de este proceso lleva directamente hacia la persona de la que quiero hablar.


A menudo, veo en mí misma y en las mujeres que me rodean esta sensación de insatisfacción o satisfacción con respecto a estar o no estar en pareja. En Argentina decimos comúnmente no que estamos solteras, sino que estamos “solas”. No tener pareja implica transitar una soledad que no es festejada como un momento de la vida dedicado a la exploración, la búsqueda y el crecimiento personal, como ocurre con los hombres, sino una soledad forzosa, no elegida. Porque la sociedad entera da por sentado que una mujer quiere estar en pareja y que formar una familia es su objetivo principal en esta vida. Yo creí que formar una familia era el objetivo principal de mi vida. No voy a ahondar más en este artículo acerca de los mecanismos sociales y culturales que nos llevan a transitar la soledad desde un lugar tan tortuoso y poco estimulante. Tampoco voy a ahondar sobre cómo a veces las mujeres elegimos estar en pareja, aunque eso se lleve nuestra felicidad a cuestas. Simplemente quiero ilustrar cómo yo misma, ante una consigna tan simple como “mi persona”, fui incapaz de pensar primero en mi hermana Pilar.


Tengo dos hermanas y un hermano, especiales para mí en maneras diferentes, únicas. Pero voy a dedicar este artículo a hablar de Pilar porque el vínculo que nos une es el más viejo y porque ella lo merece. Yo nací un año y cuatro meses antes que ella, lo que significa que mi mamá quedó embarazada mientras me estaba amamantando. No recuerdo mi vida sin Pilar. Desde que tengo uso de razón, siempre fuimos ella y yo. Como una especie de mellizas desfasadas. Tenemos caracteres muy disímiles y maneras de encarar las cosas básicas de la vida completamente opuestas. Me refiero a cuestiones como elegir un horario para descansar u organizar un espacio. Durante muchos años compartimos una habitación y cualquiera que entraba ahí se burlaba de la línea imaginaria que parecía atravesar ese lugar que habitábamos. No obstante, la convivencia nos hizo cercanas en una forma que a apenas empiezo a vislumbrar ahora, en mi adultez. No creo que exista un ser en este mundo que me conozca más en profundidad que mi hermana.


Me estoy esforzando para dar a entender la configuración de este vínculo y no me resulta sencillo, así que voy a dar algunos ejemplos: mi hermana es la persona a la que le puedo contar mis peores desilusiones, mis mayores temores y más oscuras vergüenzas. Al mismo tiempo, puedo compartir mis logros, mis pasiones y aquellos momentos de la vida en los que no está pasando nada en particular.


Nuestra relación no es idílica, no nos abrazamos cada vez que nos vemos y nuestros encuentros no son festivales de sonrisas y reuniones de chicas al estilo Hollywood. Discutimos cada tanto y pasamos por períodos en los que no estamos de acuerdo sobre muchas cosas. Sin embargo, nos tenemos.


Cuando estuve enferma, cuando fui feliz, cuando estuve triste, cuando estaba emprendiendo un proyecto, cuando estuve confundida, cuando tuve miedo, y la lista sigue, mi hermana estuvo conmigo, sin juzgarme. Lo único que me queda por pensar después de revisar y tratar de explicar lo que significa Pilar en mi vida, es haber estado a la altura de las circunstancias para ella.


Cómo me atreví a decir alguna vez que estoy “sola” o a pensar que no tengo “una persona” en mi vida, no me cabe en la cabeza. Jamás estuve sola y no creo que vaya a estarlo. Unos años después de la llegada de Pili, arribó mi hermana María, que nos vino a interpelar con su mirada lateral y refrescante desde el momento uno. Entre mis amigas, cuento personas excepcionales con las que no sólo comparto mi vida, sino que crezco, proyecto y avanzo. No puedo dejar de mencionar a mi mamá, que me dio herramientas para pensar, que me entregó una porción entera de su vida y, que a pesar de las diferencias generacionales que podamos llegar a tener, no me rechaza, sino que me apoya incondicionalmente. A medida que junto coraje para transitar el camino de mis deseos y aspiraciones, conozco mujeres con un caudal de energía descomunal, igual o más motivadas que yo, queriendo abrirse camino tenazmente en un mundo que todavía no nos pertenece.


Me digo esto a mí misma, pero también se lo digo a quien necesite escucharlo. Dejemos de pensarnos solas, pensémonos juntas. Estiremos la mano para encontrarnos con nuestras compañeras de vida, “nuestras personas” y no creamos que son menos valiosas o menos acompañamiento por no ser parejas, sino hermanas, amigas, madres, hijas o abuelas. No dejemos que los casilleros restrictivos de nuestra sociedad y nuestra cultura nos lleven a pensar siempre en las mismas cosas, a sentir siempre de la misma manera. Sentirse desdichada y sola o sentirse afortunada, agradecida y profundamente acompañada, es sólo una decisión.


Belén de Larrañaga

Escritora. Editora. Docente.

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