Mi Navidad



¡Qué mucho tardaba en llegar la Navidad cuando era pequeña! Todo tardaba más, pero la Navidad y el cumpleaños eran las esperas más largas. Recuerdo que mientras más se acercaba diciembre más nos desesperábamos por la llegada de Santa y los Reyes.


Mis padres eran de clase media, ambos maestros. Mis tres hermanos y yo sabíamos que no podíamos pedir los juguetes más caros, pero también que siempre habría regalos en nuestros cumpleaños y en navidades. Todavía no entiendo como no até los cabos, pero la realidad es que nunca me pregunté por qué si eran Santa o los Reyes quienes traían los reglaos, mis padres insistían que no había tanto dinero como para el set de ollas o el Atari.


Las reglas para recibir juguetes eran sencillas:


  • Sacar buenas notas en la escuela


  • Portarse bien (en todos sitios)


  • Comerse toda la comida


  • Poner yerba para los camellos en víspera de Reyes


Si se cumplían esos requisitos y algunos otros como recoger el cuarto, botar la basura y fregar nuestro plato, todos recibíamos regalos. A decir verdad, no recuerdo ninguna vez que no recibiéramos, así que me imagino que siempre fuimos niños ejemplares…


Mi abuela era bien católica y para ella la Misa de Gallo era algo sagrado, literalmente. Aunque tratamos de zafarnos de eso cada año, ella era más sabia y siempre encontraba la manera de llevarnos. También ella era la única que tenía contacto directo con Santa y los Reyes para que nos dejaran dinero en efectivo como regalo. Creo que fue esa conexión la que le ayudó a convencernos sin mucho esfuerzo.

Fuimos a las misas de aguinaldo cuando venía algún grupo musical bueno. A mí lo que me gustaba era irme de parranda por las calles del pueblo luego de terminada la misa. Si ese día el desayuno era en la casa de Doña Mariana, la parranda era inmensa. Esa señora recibía a todo el mundo con mesas llenas de comida. Hacía el mejor arroz con dulce de la tierra y nos dejaba comer todo lo que quisiéramos. También hacía coquito sin alcohol para los niños. Invariablemente llegábamos empancinados a nuestra casa.


En mi calle solo había 10 casas, cinco a cada lado. Excepto la última casa donde vivían unos señores cascarrabias, todos se apuntaban para la súper parranda navideña. Cada casa ponía alguna amistad en aviso y esas personas se encargaban de invitar a todos los que quisiesen ir una noche de parranda. Siempre era viernes o sábado, pero no sabíamos cuál. Luego de grande supe por qué nunca fueron en días de semana. Todos querían beber hasta reventar y no tener trabajo al otro día. Cuando llegaba el día escogido, la parranda se apostaba en la entrada de la calle y arrancaban con el famoso “¡ASALTOOOOOO!” A ese grito todos brincábamos de nuestras camas y salíamos a la calle. Nuestros padres sacaban cuanta botella encontraban y cosas para picar, y las mujeres empezaban a reunir todo los necesario para el asopao. Esa parranda nunca llegó antes de las 11 p.m. y nunca se terminó antes de las 4 a.m. Hubo ocasiones en que sirvieron desayuno y personas se quedaron en nuestras casas porque no podían guiar.


El 5 de enero recogíamos yerba en la loma detrás de nuestras casas y el 6 nunca fallaron los regalos debajo de nuestras camas. En todos los años de mi niñez nunca fui testigo de alguna pelea, aún cuando los mayores estaban fiestando muy borrachos, ni de eventos trágicos.


Puedo asegurar que, aunque nunca tuvimos el Atari, nuestras navidades fueron realmente mágicas.





MCV

Gracias por ser parte de nosotras. 

© 2017 Mujeres con Visión