La esencia de mi ser


Por varios días estuve explorando cómo desarrollaría este tema sin encontrar la inspiración que me ayudara a comenzar. Hasta ahora, en todos los artículos que he escrito para esta revista utilizaba una experiencia personal como base para desarrollar el tema, pero hablar de mí misma sin más ni más es muy difícil. Casi me doy por vencida, cuando recibí una invitación o reto de veintiún días de mi querido amigo Edwin para reflexionar sobre mi relación con la prosperidad. Cada día debía meditar sobre una frase y hacer una tarea. El ejercicio del primer día consistía en hacer una lista de por lo menos veinte personas que habían influido favorablemente en mi vida. Mientras las identificaba debía reflexionar sobre cómo éstas me habían ayudado a ser quién soy. De pronto… Voilá… se prendió la bombillita y vislumbré que Mi persona es, en gran parte, el fruto del apoderamiento y fusión de cada valor, idea, tradición, creencia y sustento ofrecidos por esos maravillosos seres. Es decir, somos “yo” y “nosotros” al mismo tiempo. Esto significa, desde un punto de vista sociológico, que una persona es un ser sociable que vive y se desarrolla en sociedad, pero al mismo tiempo nunca deja de actuar con un carácter individual.


La palabra persona procede del vocablo del latín persōna, observado en el etrusco phersu, sobre una posible raíz en el griego prósōpon. Este concepto se refiere a una máscara que se usaba como recurso para la caracterización de personajes en el marco del teatro. En los antiguos teatros griegos los actores se colocaban máscaras con diferentes muecas sobre el rostro con el fin de mostrar al espectador algún tipo de sentimiento, como la alegría, la tristeza o la ira. De aquí, la teoría de Freud, de que todo individuo tiene, de alguna manera, distintas versiones (conscientes e inconscientes) de sí mismo. En otras palabras, nos quitamos o ponemos máscaras o sombreros para adaptarnos a los diferentes contextos sociales, como la familia, el trabajo, el vecindario, etc. Yo prefiero llamarle roles y son muchos los que realizamos a través de nuestra vida: mujer, hija, hermana, esposa, madre, abuela, amiga, profesional… También soy puertorriqueña, hispana, americana, católica-apostólica-romana. No obstante, considero que cada uno de ellos encierra la esencia de lo que somos. Entonces me pregunto: ¿Cuál es mi esencia? ¿Mi inconsciente colectivo? ¿De dónde proviene? ¿Cómo se desarrolla?


La esencia es aquello invariable y permanente que constituye la naturaleza de las cosas. El término proviene del latín essentia, que a su vez deriva de un concepto griego. Se trata de una noción que hace referencia a lo característico y más importante de una cosa. Como bien se expuso en El Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”. Para mí, esto significa que aquello que verdaderamente constituye a un ser no es su aspecto físico o su apariencia, sino sus sentimientos. Correspondientemente, ¿cuáles son esos sentimientos que conforman mi esencia?


Soy como mi abuelita Gabina: una mujer independiente, trabajadora y de mucha fe. Ella quedó viuda muy joven y tuvo que dedicarse a lavar y a planchar ropa ajena para mantener a sus tres hijas. Recuerdo cómo restregaba la ropa una y otra vez en la tabla, cómo las tendía en un cordel o en planchas de zinc para que se secaran. Luego, comenzaba todo un proceso para plancharlas. Rociaba cada pieza con un poco de agua, las hacía un bollito; las planchaba y planchaba hasta que no quedara ni una arruga. No vivió con lujos, pero nunca careció de lo fundamental. Su fe en Dios siempre la fortaleciؚó. Jamás dejó de rezar el rosario cada noche y yo la acompañaba. Hace algún tiempo descubrí lo poderoso que es el rezar el rosario y he seguido su ejemplo. No he parado de trabajar desde que tenía veinte años y aunque muchos me dicen que es hora de descansar. Aunque mis hijos son adultos y no hay que mantenerlos, trabajo porque me gusta lo que hago, es mi misión y, sobre todo: porque me gusta ser independiente.


Soy como mi madre Felicidad (alias Fela): una mujer de carácter fuerte, pero muy sensible, una leona a la hora de defender a sus cachorros, a su familia. Cuando mis hermanos y yo estábamos en la escuela elemental, ella nos llevaba caminando por la mañana, nos buscaba al medio día para almorzar; nos volvía a llevar y nos buscaba cuando salíamos por la tarde. Se desvivía por nosotros. Siempre trataba de que comiéramos saludable; todo lo que nos preparaba era fresco: yautía majada, plátanos hervidos, batatas horneadas, habichuelas guisadas… los huevos que comíamos eran de nuestras gallinas, y la carne de pollo también. Eso sí, mi abuelita era la que mataba las gallinas. Nada de embutidos ni fast foods (que ya existían). Aunque éramos pobres, la casa siempre relucía de limpia, olorosa y organizada; se podía comer en el piso. Por eso, hoy en día, en mi casa no puede faltar el King Pine ni el Lestoil. Le gustaban las fiestas y, sobre todo: las bodas. Recuerdo que siempre lloraba en la ceremonia de la iglesia. En mi caso, digo con orgullo: que el que lo hereda no lo hurta.


Soy como mi titi Carmen: una mujer detallista, por lo tanto, perfeccionista. Al igual que ella, me gusta la decoración de interiores y la confección de ropa. Titi Carmen era costurera de profesión. Cuando yo tenía de ocho años a diez años, me llevaba con ella todos los sábados, días de fiesta y los veranos al lugar donde trabajaba. Era un bazar de alta costura donde confeccionaban trajes de novias, todos los atuendos y trajes para los reinados de las fiestas patronales, trajes para cocteles, trajes largos formales…. ¡Cómo me encantaba ayudarles a poner lentejuelas, piedras y canutillos! Hasta llegué a hacer un traje para mi única muñeca. Ella diseñó y cosió todos los trajes de todos los reinados en los que participé. ¡Y por supuesto, cosió mi traje de novia! Esta experiencia influyó a que quisiera aprender esta destreza. Por eso, cuando estaba en séptimo grado mi clase favorita era la de economía doméstica. Cuanto tiempo tenía disponible, iba al salón a coser mi primer traje. ¡Hasta me quedaba en la escuela después de clases! Recuerdo que la maestra organizó un desfile de modas para celebrar nuestros logros. Desde ese momento, comencé a coserme mi ropa, especialmente, cuando estudiaba en la universidad. Cada viernes o sábado estrenaba alguna pieza. De los tres dólares que mi papá me daba a diario para almorzar y viajar en la AMA (Autoridad Metropolitana de Autobuses) ahorraba alrededor de $4:00 en la semana y con una yarda de tela de $1:50 me hacía un traje o una minifalda. El resto del dinero era para hilo, zipper, botones, etc. Ya no tengo tiempo para coser, pero confeccioné el traje que llevé en la boda de mi hija (mother of the bride dress). ¡Y adivinen… tenía lentejuelas, piedras y canutillos!


Soy como mi Titi Aury: una mujer con visión, muy sabia y perseverante. Todo lo que se ha propuesto lo ha logrado, siempre y cuando haya estado dentro del plan de Dios. Todavía, siempre tiene un proyecto que llevar a cabo. Trabajaba como secretaria los siete días de la semana: de lunes a viernes, en el Departamento del Trabajo primero y luego en la Autoridad de Energía Eléctrica; los sábados y domingos, en las oficinas de Levitt & Sons. Gracias a sus consejos y visión, todos en la familia compraron casa en Levittown: mis padres, mi titi Carmen, mi tía Julia y por supuesto, compró una casa para mi abuelita. También ella me aconsejó para que comprara mi primer apartamiento cuando apenas yo tenía veinticinco años, a pesar de la renuencia de mi padre (para esos tiempos las señoritas no debían comprar casas y mucho menos apartamientos). Mi salario de maestra era de $600.00 mensuales brutos; en una quincena pagaba el carro y en la otra, el apartamiento y me sobraban como $40:00 para sobrevivir en la quincena. Ese apartamiento fue el hogar de mis hijos por muchos años. Siempre le estaré agradecida por ello. Mi tía Aury me enseñó a invertir mi dinero sabiamente y que hay que trabajar duro y sacrificarse para lograr nuestros sueños. Como ella, he logrado todo lo que me he propuesto y que es parte de mi misión en esta vida. Ahora le llaman la Ley de la Atracción, pero antes se conocía como la voluntad de Dios o Querer es poder. Gracias mil a mi amado esposo Vic que me ha apoyado siempre en todas mis aventuras y es mi más ferviente admirador.


De igual forma, soy soñadora, idealista, romántica, elocuente, extrovertida, inconforme, rebelde, audaz, determinada, feminista… Trato de NO ser testadura, rencorosa, impulsiva, explosiva ni arrogante… ¿Por qué soy así también? Tal vez por la influencia de un libro que leí, una canción, un discurso, un poema que escuché, una película que vi, un curso que tomé, un hombre que amé, una injusticia que experimenté, una desilusión que sufrí, un dolor que aguanté, un error que cometí. Mi más profundo agradecimiento a todas aquellas personas (obviamente son más de veinte) que han tocado mi vida positiva o negativamente porque me ayudaron a CRECER.


Son muchas las circunstancias positivas y negativas que van moldeando nuestra forma de ser, creando nuestra esencia para hacernos mejores seres humanos si estamos dispuestos a aprender. Ya lo habían atestiguado las sabias palabras del Papa Juan XXIII en su poema La Esencia del Ser:


“Sabrás del dolor y de la pena de estar con muchos, pero vacío.

Sabrás de la soledad de la noche y de la longitud de los días.

Sabrás de la espera sin paz y de aguardar con miedo.

Sabrás de la soberbia de aquellos que detentan el poder y someten sin compasión.

Sabrás de la deserción de los tuyos y de la impotencia del adiós.

Sabrás que ya es tarde y casi siempre imposible.

Sabrás que eres tú el que siempre da y sientes que pocas veces te toca recibir.

Sabrás que a menudo piensas distinto y tal vez no te entiendan.


Pero sabrás también:


Que el dolor redime. Que la soledad cura. Que la fe agranda.

Que la esperanza sostiene. Que la humildad ennoblece.

Que la perseverancia templa. Que el olvido mitiga.

Que el perdón fortalece. Que el recuerdo acompaña.

Que la razón guía. Que el Amor dignifica…


Porque lo único que verdaderamente vale es aquello que está dentro de ti, y por encima de todo está Dios, sólo tienes que descubrirlo y así hallarás la verdadera paz.




Aracelis Nieves Maysonet, educadora por 46 años, tiene como misión ayudar a aumentar las oportunidades educativas de los estudiantes menos privilegiados a través de la investigación y creación de programas educativos que llenen sus necesidades. Como cuentista, denuncia los problemas sociales y el discrimen que sufre la mujer. Ha publicado cuatro libros: Nosotras …Como siempre (1984), Nosotras … Otra vez (2001), Nosotras …Todavía (2018) y Las crónicas de un mundo enfermo: ¿Un retrato vigente del colonizado puertorriqueño? (2020). Su próximo libro reproduce la discriminación contra la mujer latina en la Academia. Es reconocida como una de las mejores escritoras puertorriqueñas en la antología Del silencio al estallido: Narrativa femenina puertorriqueña (1991).



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