Hija, nada me debes.


por Rosi Hurtado


Hay una creencia latinoamericana común que mutila alas y fragmenta relaciones: “los hijos deben hacerse cargo de sus padres en la vejez porque es lo que corresponde”, a veces porque creemos que la vejez es sinónimo de enfermedad, incapacidad o soledad; otras veces porque creemos que sólo de esta forma podremos retribuirle.

No sólo corta las alas del hijo, también las del padre, y no termina allí, trasciende a la siguiente generación. No sólo es la relación padre/hijo la que se fragmenta, también lo hace la relación de pareja de ese hijo, surgen conflictos en la relación entre hermanos cuidadores de sus padres.

Lo que hemos normalizado por generaciones no es necesariamente lo que es natural, puesto que los ríos corren hacia adelante siempre, no desaparecen ni dejan de ser, se transforman en algo más grande, en un inmenso mar. Lo mismo ocurre con la familia, es un sistema integrado por un grupo de personas, cada una con un lugar y rol específico. Éste sistema sólo se mantiene en armonía cuando respetamos sus leyes naturales.

Cuando siendo hijo y padre, elijo ocuparme de mis padres antes que de mis hijos, mis hijos quedan sintiéndose abandonados, aun estando físicamente presente y con una previa explicación de la situación, la atención es hacia mis padres, no se puede mantener la mirada hacia atrás y adelante al mismo tiempo. Y si me atrevo a observar objetivamente esta relación, descubro que posiblemente me sentí así de abandonado en mi niñez porque mamá, papá o ambos estaban ocupados en situaciones, más que eventuales, de mis abuelos.

¿Y cómo saber cuándo estoy haciéndome cargo de mis padres en lugar de apoyarlos y garantizar que no estoy abandonando a mis hijos? Estableces límites claros y acuerdos en la comunicación para relacionarte sanamente. Podrías preguntar a tus padres qué necesitan de ti en lugar de asumir que a “su edad” por ejemplo, ya no les permite hacer las actividades que siempre han sido capaces de hacer por sí solos. Esa forma de tratarlos no solo los invalida, también los hace inutilizar sus capacidades y luego lentamente perder el sentido de pertenencia y su lugar en la familia, comienzan los conflictos que dan paso, a corto o largo plazo, a las enfermedades que fragmenta aún más a toda la familia. Con tus hijos, escuchas atentamente sus necesidades, haces compromisos en tiempos específicos y recurrentes, cumples lo que les prometes o renegocias si hay eventualidades.


Otros ejemplos comunes, son nuestros padres haciéndose cargo de la crianza de nuestros hijos o nuestros hijos mayores al cuidado de nuestros hijos menores, lo cual no quiere decir que no podamos recibir apoyo en circunstancias específicas, siempre siendo conscientes de qué lugar le estamos dando a cada persona y en cada situación al solicitar o dar el apoyo.

La pareja también suele sentirse abandonada en esta situación, puesto que nuevamente no se puede mirar hacia atrás y hacia el lado al mismo tiempo. Haz equipo con tu pareja, permítele que te dé su mirada objetiva de la situación, sé honesta sobre cómo te sientes y cuando no sepas manejarlo, pide ayuda profesional dado que la familia es un sistema muy frágil, que tiende a copiar patrones de manera inconsciente y estos son muy difíciles de detectar, mejorar, transformar, sin el acompañamiento profesional.


¿Quieres saber cuál es tu lugar en el mundo? Échale un vistazo a tu familia en retrospectiva. Si no te gusta lo que ves, lo que te hace sentir, por favor corta el patrón, rompe la cadena, por amor y respeto a nuestros ancestros, a nosotros mismos y a las siguientes generaciones.

Fotografía de Rosi Hurtado


Con amor, Rosi.

Ig @rosairenehurtado

Coach para Familias y Parejas