Atravesar mi propia tiniebla


Etimología de CAMBIO. La palabra cambio viene del latín cambium (hacer trueque, dar una cosa por otra). El latín lo tomó del celta o del galo, emparentado con la raíz indoeuropea *(s)kamb-, con la idea de curva. Esta raíz la encontramos en las palabras cama y gamba.

Según Giorgo Nardone y Paul Watzlawick todo cambio es un proceso, un arte, un constante fluir de pensamientos, sentimientos y emociones e inevitablemente estarán implicadas todas nuestras estructuras internas, apoyos, apegos, temores, esperanzas, ilusiones y desilusiones. También estarán presente: malestar, necesidad, motivación, conciencia y resistencia; todos ellos para que este se produzca, esencialmente: la conciencia de un malestar, la necesidad y la motivación, siendo esta última el principal motor que impulsa el cambio.


Pero cuando aparecen las resistencias se frena el cambio, es cuando la sensación de malestar nos produce un estancamiento, una ralentización en nuestro proceso de crecimiento. Cada cambio interno se convierte en un conflicto entre la vida como impulsor y la muerte cargado de resistencias, sea cual sea la dirección hacia donde me dirija, siempre cambia algo en mí; siento la vida como un proceso vital y continuo. El proceso de cambio surge de la conciencia de un malestar, junto con la toma de contacto con mi necesidad, cuando esta necesidad está suficientemente integrada y cuando el instinto de vida impulsa a la motivación necesaria, es cuando comienza mi propio proceso y también comienzan a su vez: las resistencias, lo temores, el dolor por la pérdida de lo que dejo atrás y el miedo a la incertidumbre de un futuro cercano; todas estas resistencias tienden a transformar mi necesidad en apego. Desde mi parte más neurótica tiendo a mantenerme apegado a lo conocido, a lo familiar, lo seguro y me limito frente a lo desconocido, ante la ilusión de un futuro más alentador. Cuando mi ansiedad y mi resistencia aumentan, utilizo todos mis recursos y estrategias para calmar mi conflicto interno, en ese momento todo vale para aplacar mi sufrimiento, la huida del dolor pasa a ocupar el primer plano, me agarro a la idea loca de que ‘no hay por qué sufrir, no merece la pena, y si sufro, es que en algo me estaré equivocando’, empiezo a dudar de mi necesidad cuando lleva implícito algún tipo de dolor. Soy consciente de que solo puedo salir de ese estado confiando en mí mismo, sosteniéndome en el resorte interno que me impulsa a la vida, cuidándome con lo que verdadera y honestamente necesito. Permitirme atravesar mi propia tiniebla con confianza es lo que me hace ‘crecer’ y me posibilita el cambio, pareciera entonces que mi tiniebla se convierte en la vía regia hacia mi cielo, y si elegir el instinto de vida, el cambio, pasa por atravesar la tiniebla, pues lo pasaré; pero eso sí, intentaré que sea lo más rápido y con el menor sufrimiento posible.

Bien dijo el salmista: Dios alumbra mis tinieblas. Salmo 18:28.

MCV

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