Cuento naranja


La cocina en casa de la bisabuela estaba en el patio. Fue lo normal para mi, por lo tanto nunca pregunté la razón, ni siquiera a mi abuela cuando fui mayor. La casa principal era de madera. Entrabas directamente desde la acera a la sala. La puerta siempre estaba abierta durante el día. A cada lado del salón había sendas habitaciones, a la izquierda la de mi bisabuela y a la derecha el dormitorio de mis abuelos. Pasabas por uno de los dos arcos al fondo y estabas en el comedor, con dos habitaciones a cada lado: la izquierda de la tía abuela Eca y a la derecha la habitación de visitas y de costura de mi abuela. Pegada a la pared común entre sala y comedor estaba el escritorio del abuelo y en la pared lateral una de sus bibliotecas, con paneles de cristal y cerradura con llave. Atravesabas la pared del fondo, que estaba flanqueada por dos alacenas en la que guardaba mi abuelo las exquisiteses extranjeras que le regalaban los capitanes de los barcos que atendía en la aduana de Puerto Real.

La próxima estancia tenía piso de concreto, era una terraza abierta en la que se consumían las comidas y meriendas. En esa parte de la casa quedaba el dormitorio de mi tía, que vimos construir por el carpintero Don Asunción, un señor de modales finos, pocas palabras y mucha paciencia con nuestras preguntas y juegos con sus herramientas y lápices planos que usaba para marcar las tablas. Al lado izquierdo de la terraza estaba el cuarto de baño, grandísimo, muy limpio e iluminado por las ventanas de madera que daban al patio sembrado de flores. Atravesabas la terraza y pasabas al patio, a la izquierda la pileta de lavar ropa y una habitación con baño pequeño que a principios de siglo xx ocupaba una joven de servicio. En mis tiempos estaba deshabitada y vacía.

A la derecha quedaba la cocina, construida en hormigón, con tres escalones sobre el piso. Era amplia, adentro tenía una mesa con cuatro sillas para merendar, preparar alimentos, almorzar los pequeños y mi abuela dejar reposar los bizcochos que después decoraría en la mesa de la terraza. Generalmente en la mesa de la cocina desayunábamos cuando pernoctábamos con los abuelos o durante las vacaciones. Mi abuela preparaba unos desayunos regios. Siempre acompañados por pan de agua fresco y café. Mi desayuno preferido era la maizena ( crema de fécula de maíz ) porque de sus manos salía perfecta, como terciopelo, dulce al punto y aromática. Su secreto era añadir una o varias hojas nuevas del árbol de naranja agria. Cuando sólo añadía una había dilema pues mi hermano mayor y yo queríamos el plato que la tuviera.

Ella organizó un sistema de turnos para disfrutar la hoja. El procedimiento para deleitarnos era el siguiente: sentarse frente al plato y sentir el aroma floral de la crema. Comenzar a comer sacando porciones de la orilla del plato hacia al centro para no quemarse, según la crema se iba entibiando. Mientras más cerca del centro se tomaba la cucharada más dulce sabía, a azahar. Finalmente quedaba la hoja en el centro empapada de los últimos residuos de la maizena . Entonces era el momento glorioso de chupar la hoja impregnada de natilla y el sabor exquisito del azahar. La sensación era de llenura, relajación, premio, dulzura y el amor que le transmitía la abuela Concha, Mamá Con, como le llamaban los allegados. Definitivamente el aroma le hacía mucho bien al plato.

Entre las propiedades de la hoja de la naranja agria está fomentar el apetito y estimular la buena digestión. Otros de sus beneficios es la relajación de estados producidos por el estrés, tranquilizar el sistema nervioso, combatir el insomnio, aliviar los problemas digestivos comunes como gases y diarrea, fortalecer el sistema inmunológico, reducir la fiebre, combatir los dolores de cabeza causados por ansiedad y aliviar el catarro. Sus frutos son excelentes para adobar carnes y preparar postres con la cáscara como el dulce de naranja o la pasta.

Cada vez que encuentro un árbol de naranja agria pido permiso para cortar hojitas nuevas. Se conservan muy bien en envases cerrados en el congelador. Se puede preparar una infusión hirviendo el agua y añadir un puñado de hojas al retirarla del fuego, dejándolas reposar por 15 minutos. Es una manera perfecta para disfrutar la tarde después de un día de trabajo. En la noche una taza de leche tibia aromatizada con sus hojas puede asegurar un sueño restaurador. Y en la cocina es maravillosa para añadir un toque exótico a los postres como el tembleque, majarete y arroz con dulce. Si algún día quieren sorprender en la cocina, preparen la maizena añadiendo una tierna hoja de naranja y tendrán salud del alma y del cuerpo.

FOTO: Abuela Concha, creadora en la cocina de remedios para el cuerpo y el alma.

MCV

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