Aprendí de mi padre a ser amada


Cuando me invitaron a escribir sobre “Lo que aprendí de mi padre”, sonreí y lo primero que vino a mi mente fue “A ser amada”. Y es que no tengo un recuerdo más nítido del hombre que me engendró, que todo cuanto define al amor verdadero.

Siendo como fui, la última y la única niña de los seis hijos procreados por mis padres, él siempre se aseguró de hacerme crecer en un ambiente rodeado de privilegios que, según él, me correspondían por el hecho de haber nacido mujer. Por décadas, mi padre se levantó en la madrugada para salir a trabajar y proveer para su familia. Y con esa misma determinación, siempre le recordaba a mis hermanos que debían caminar en puntillas durante mis siestas, para no despertarme. Sé que sería inútil tratar de encontrar en mi mente un solo incidente en el que mi padre me hubiese levantado la voz. Sencillamente, no existió. Me corrigió muchas veces, sí, pero lo hizo como el jardinero que protege los pétalos de una rosa, mientras remueve una a una las espinas de su tallo para que no hieran a los demás. Y cuando lo hacía, pudiendo llamarme “reina” y crear un imperio fantasmal a mi alrededor, él siempre se aseguró de llamarme hija.

Mi padre fue un hombre tan paciente que aún cuando se viera enfrentado a situaciones que provocaran su ira, siempre respiraba profundo y ofrecía opciones de conciliación. Por eso no es raro que, después de graduarme y ejercer mi carrera como abogada, yo haya escogido separarme del litigio que conduce a tener la razón, para acercarme a los métodos alternativos de resolución de conflictos que a diario me llevan a encontrar la verdad con la que ganamos todos. De esa incólume característica de la personalidad de mi padre, yo también aprendí que uno debe saber escoger sus batallas y luchar hasta el final por los que estén dispuestos a nutrirse de nuestro conocimiento y experiencia. Y es que lo sabido, según lo aprendí de él, es un bien cuyo pago más relevante debe ser el genuino agradecimiento.

Lo que mi padre me entregó en vida fue tanto que, aún ausente físicamente, lo continúo encontrando en cada una de mis tres hijas. A ellas les repetí una y otra vez lo que él incesantemente nos dijo a mí y a mis hermanos: “Tú tienes que ser mejor que yo y después de eso, sé lo que tú quieras”. Y es que si algo nos enseñó a sus hijos ese hombre pequeño de estatura, pero gigante en honorabilidad es que la responsabilidad parental es indelegable, por lo tanto, que no hay ni habrá otra forma de blindar a una sociedad de vicios deteriorantes que esforzándonos en el presente para que, en el futuro, nuestros hijos nos superen en desempeño personal, familiar, laboral y social.

Hoy cuando celebramos el Día de los Padres, yo agradezco públicamente a Mujeres con Visión por permitirme contarles acerca de ese gran hombre a través del cual yo aprendí a admirar, respetar y valorar a los hombres que saben serlo. Gracias a su legado he defendido por años los derechos de la mujer, mas no en la feroz misión de demostrar su superioridad sobre el hombre sino en la de resaltar su poder único e insustituible cuando se une a él para enfrentar el reto de ser mejores cada día. Papá, en esta fecha tan especial, yo levanto mi taza de té y brindo por todos los padres amorosos que, desde su existencia física o espiritual, acuden al llamado de sus hijas. Por ustedes que nos besan en la frente, sujetan nuestra cintura y bailan con nosotras un vals, cada vez que nos sentimos necesitadas de un amor infinito. Por ti, Jesús Rafael Contreras, y por todos ellos, hoy brindo.

MCV

Gracias por ser parte de nosotras. 

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