El valor de la familia

Podría escribir un libro con todo lo que aprendí de mi padre y de mi madre; no obstante me enfocaré en aquellos valores o principios que han calado más hondo en mi ser.   Las ideologías que tengo sobre el concepto de familia, de una madre, sobre la educación y la dedicación y fidelidad al trabajo y que aprendí de mi padre son producto de lo que él vivió y sufrió, especialmente al morir su mamá.  

 

Mi papá,

 

Luis Nieves Vázquez (mejor conocido por Ángel Luis) nació el 9 de septiembre de 1932 en Anones, Naranjito. Pronto cumplirá 88 años. Es hijo de Juan Portalatín Felipe Nieves y Rosario Vázquez y es el menor de cinco hermanos.  Cuando apenas tenía cuatro años, su madre murió víctima de la tuberculosis, de la cual se contagió cuando trabajaba en la fábrica de tabaco de Naranjito. Como se acostumbraba en aquellos tiempos, su madrina quiso hacerse cargo de él y su papá se lo dio porque pensó que era lo mejor para su hijo más pequeño.  La madrina y su esposo tenían una finca de veinticinco cuerdas en donde sembraban café, plátanos, maíz y pasto para las vacas.  También cosechaban chinas, toronjas, aguacates, batatas, malangas, yucas y panapenes; además criaban cerdos.  Sus ocho hijos ya eran adultos y tenían sus propias responsabilidades.  La verdad era que necesitaban a alguien que los disque ayudara.

 

El valor de la familia   

 

Cuenta mi papá que dormía en el piso, en una esquina de la sala como si fuera un perrito.  Lo despertaban a las cuatro de la mañana para ayudar a ordenar las vacas o ayudar a los becerritos a apoyar la ubre; buscar agua al pozo para uso en la casa y para los animales.  También tenía que desyerbar cuando iban a sembrar. Luego se iba para la escuela; caminaba como dos millas descalzo y vestido solamente con su único pantalón que estaba hecho con tela de saco. Según recuerda, asistía a la escuela de 8:00 a 11:00 y después de 12:00 a 3:00.  Le encantaba ir a la escuela porque tenía con quien jugar, se olvidaba de cuán solo se sentía y también porque le gustaban las matemáticas.

           

A la hora del almuerzo, las maestras comían en la casa de su madrina, pero no había almuerzo para él. Estaba sin comer hasta que regresaba a las tres de la tarde y tenía que cocinar la comida para los cerdos. Ésta consistía en pedazos de malanga, batata, yuca o panapén mezclado con las sobras de la comida del día anterior. Siempre “guardaba” un pedazo o dos de verdura para él y se los comía sin que lo vieran. Luego, como a las seis de la tarde, le daban un plato de arroz y habichuelas “pelao” como me describiera, porque la carne era para los demás. Se divertía muy poco: hacía sus propios “juguetes” con pedazos de ramas de árboles que encontraba.  A los doce años se percató de que sólo era un esclavo de su madrina. La única demostración de amor que recibió en siete años fue tres bombones que le regalaban en nombre de los Reyes Magos. Un día, decidió escaparse y se fue a vivir con sus hermanos.

           

De esta etapa de su vida, mi papá aprendió lo invaluable que es tener una familia que verdaderamente te ame y que te apoye; especialmente, lo grandioso que es tener el amor incondicional de una madre, un padre que te defienda y hermanos mayores que velen por ti.  He visto incontables veces como le saltan las lágrimas al recordar su triste infancia. Cada vez que narra estas experiencias siempre comenta: Si mi mamá estuviera viva, otra completamente distinta fuera mi historia.   Como los recuerdos que tenía de su madre eran muy borrosos, veía en su hermana esa figura maternal que siempre añoró. Mi titi Ana se tuvo que hacer cargo de sus otros hermanos y de todas las tareas del hogar.  Creo que, por eso, nuestros paseos todos los domingos eran a la casa de ella en Barrio Nuevo, Naranjito.  

           

Nunca me lo explicó, pero aprendí de él que una verdadera madre da todo por sus hijos: trabaja hasta el cansancio veinticuatro siete; deja de comer para que coman ellos, en fin, daría la vida por ellos.  Sospecho que esta es la razón por la cual dicen que me transformo en una leona cuando veo o siento que alguien trata de hacerle daño a uno de mis hijos.   Puedo resistir muchas injusticias contra mí, pero ni una en contra de ellos. No obstante, sería injusta con mi madre, mi adorada Fela, si no mencionara que también lo aprendí de ella con su ejemplo y dedicación (aprendidos también de su mamá, mi abuelita Gabina). Considero que por ello fue muy difícil para mí romper el cordón umbilical emocional que nos unía.  Concluyo que con mi padre aprendí la teoría y con mi madre, la práctica.

           

La importancia de la educación. 

 

Al irse a vivir con sus hermanos, mi papá no pudo asistir más a la escuela ya que tenía que trabajar como todos en su casa para mantenerse.  Su papá le compró un pantalón y una camisa porque el único que tenía estaban muy raído. La camisa era la primera que tenía en su vida. Recuerda que su hermana le dio un dólar y con eso compró ocho libras de pan a cinco centavos la libra y las vendió a diez centavos la libra. Con la ganancia obtenida, se compró su primer par de zapatos. Trabajó como limpiabotas, vendedor de dulces, de pan, y hasta fue ayudante de un gallero.

           

Por un lado, se sentía feliz porque estaba con su familia, se ganaba la vida honradamente, pero por otro, se sentía triste porque extrañaba el aprender en la escuela.  Había cursado hasta el sexto grado y sabía que su conocimiento era limitado; soñaba con graduarse de escuela superior y aunque pensaba en la universidad entendía que era un sueño imposible de realizar. No obstante, nunca se dio por vencido. Cuando regresó de Korea, aprovechó el beneficio de estudiar gratis que obtuvo por ser veterano. Tomó un examen y lo ubicaron en décimo año. De esta manera, completó la escuela superior y un certificado de contabilidad de la Metropolitan School of Commerce en doce meses.  Me cuenta que le hubiese gustado obtener un bachillerato, pero pensó que tendría que pagarlo. Nunca lo orientaron sobre sus opciones ni que podía seguir estudiando gratis ya que era parte de sus beneficios como ex militar.  Doy testimonio de cómo sufría cada vez que en la fábrica donde trabajaba le negaban un puesto más alto porque no poseía el bendito diploma y por ende, los conocimientos requeridos. Sin embargo sí los tenía para entrenar al nuevo empleado. 

           

Mi querido padre aprendió muy duramente la importancia de una educación universitaria.  Consecuentemente, siempre nos inculcó que teníamos que ir a la universidad. Particularmente, a mí me lo repetía el doble de las veces, me imagino, porque quería proteger a su única hija. Desde que tengo uso de razón recuerdo la misma cantaleta : “Nena, tienes que estudiar porque si el marido te sale un sinvergüenza, le das tres patás” . También nos decía que la única herencia que nos podía dejar era una buena educación ya que éramos muy pobres.  Por supuesto, mi madre también opinaba igual.

           

Sus palabras dieron buenos frutos porque los tres nos graduamos de la universidad:  Héctor es maestro de biología y Harry es ingeniero eléctrico.  En mi caso, no sé cómo parar de hacerlo.  Estudié un bachillerato, dos maestrías y un doctorado de noventa créditos que incluía una maestría; y sigo estudiando cuánto tema me llama la atención.

 

Dedicación y fidelidad al trabajo.

 

Por dos años  mi papá se las buscó como pudo para aportar a los gastos de su familia hasta que un día un vendedor de papas que lo apreciaba mucho le aconsejó que debía probar suerte en la ciudad,  específicamente en el pueblo de Cataño.  Cosco, como lo apodaban, le comentó que un tal José Dolores Soto estaba buscando un muchacho que le ayudara en su ventorrillo.  Le sugirió que este trabajo le convendría porque mi papá tenía talento como vendedor. A mi papá le pareció muy buena idea y emprendió el viaje. Esta decisión le cambió la vida por completo. No sólo Dolores lo contrató, sino que también le ofreció comida caliente y un cuarto para vivir en la parte de atrás de la tienda.   Nos relata que poco a poco Dolores le fue delegando más responsabilidades porque se percató de cuán dedicado y cuidadoso era mi papá en todo lo que hacía, principalmente, con las cuentas. Dolores terminó vendiéndole la tienda a mi papá a un precio módico y a plazos bien cómodos. Además, llegó a quererlo como a un hijo, quizás, porque sólo tenía tres hijas.  Para mi padre, éste fue un hombre especial: bondadoso, honrado, íntegro, respetuoso, buen padre y esposo.  Poco antes de morir, le regaló su anillo de bodas para que no se olvidara de él. Siempre lo recuerda con mucho cariño y admiración y cuida del anillo como un gran tesoro.  Resultó ser que Dolores era el tío político de mi abuelita y por ende, de mi mamá.    Así fue cómo se conocieron.

           

La dedicación y fidelidad al trabajo y/o la posición que se realiza es un valor que está desapareciendo. Si la tarea no está incluida en el “job description”, nadie quiere correr la milla extra a menos que haya un incentivo envuelto, casi siempre monetario. No saben que pueden recibir una recompensa cuando menos se lo esperen; no necesariamente de la compañía ni de los jefes, pero sí de la vida, de uno mismo. Mi papá nos enseñó que no hay mayor satisfacción ni recompensa que la de un trabajo terminado y bien hecho.

             

Mi padre y mi madre trabajaron muy duro para darnos lo que ellos nunca tuvieron y consideraban muy importante: una familia unida, tres platos de comida nutritiva  al día, un buen techo y una buena cama en donde dormir y sobre todo: una buena educación.  Aprendimos de ellos valores como la perseverancia, honestidad, integridad, dedicación, el amor al prójimo, a la tierra, a las plantas, a los animales, a la naturaleza, al trabajo... Y la lista no se acaba.  Les agradezco grandemente todo lo que se sacrificaron.  Hablo en nombre de mis hermanos también ¡Esta es la mejor herencia que hayamos podido recibir! En el mes de los padres, rindo homenaje a  Ángel Luis Nieves Vázquez, un padre sin igual!

 

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