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Médicas migrantes: Latinidad en tiempos de pandemia


La migración internacional durante el siglo XXI, enmarcada en una profunda crisis social, económica, política e institucional, ha generado un gran impacto en América Latina y el Caribe. Este éxodo sin precedentes en nuestra historia contemporánea, incluyó a universitarios de diferentes facultades y escuelas con estudios de cuarto y quinto nivel, dentro de los cuales destacan un número muy importante de profesionales de la medicina.

El aporte y trascendencia de la mujer en la medicina es innegable, de allí que escribir sobre médicas latinas migrantes ha sido uno de mis mayores desafíos a la fecha. Me conmueven las razones y sinrazones que las alejaron de su zona de confort y admiro su tenacidad y fortaleza para enfrentar situaciones nuevas. No interesa el destino escogido: Europa, Norteamérica u otro país del Cono Sur; sin importar su paradero, las une un denominador común: son el sostén afectivo y económico de su familia nuclear.

La necesidad de conciliar la vida personal y laboral, obtener mejor remuneración, acceder a formación continua, trabajar en un mejor sistema de salud y disponer de recursos básicos para la práctica profesional, las llevó a ejercer la medicina en otras fronteras, labor que sin duda dio un giro inesperado a partir del día miércoles 11 de marzo del 2020, cuando el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró una pandemia debido al coronavirus Covid-19.

Sus testimonios honestos, descarnados y sin cortapisas, me reconcilian con el quehacer del galeno y el hecho de ser mujer. Ejercer cualquier profesión en otro país requiere de mucho esfuerzo y determinación, pero hablar de medicina en tiempos de pandemia es superlativo. Se requiere entre otras cosas, de excelencia académica, perseverancia, valor y la deconstrucción y reconstrucción de la femineidad en un entorno hostil.

Reviso los apuntes donde articulo los testimonios de diez mujeres entre la tercera y sexta década de la vida quienes de manera amorosa y sincera aportaron, desde su emocionalidad, detalles precisos y a veces muy íntimos de su postura ante el Covid-19, y lo hago desde mi cuarto, a buen resguardo, confinada entre cuatro paredes, mientras acaricio la mano de mi madre, octogenaria perdida en los laberintos de su psiquis.

Sus historias hablan del miedo a enfermar y la imposibilidad de trabajar, además de la oportunidad de lograr la estabilidad por necesidad de servicio o el ejercicio de alguna especialidad diferente a la que venían practicando y hasta de la posibilidad de participar en las investigaciones que se realizan para encontrar una vacuna que detenga el avance de la enfermedad. Si bien, son testimonios particulares, los une un denominador común: la nostalgia y el ansia por la tierra perdida.

 

Mi nombre es Elsie Picott. Soy médico cirujano, especialista en anatomía patológica, docente universitaria, escritora, activista defensora de los Derechos Humanos (DDHH) y presidenta de Hominem (Asociación Civil Sin Fines de Lucro cuyo propósito es la redignificación de los estudiantes de medicina).

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