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Sororidad: RaĆ­z universal de la hermandad femenina

  • Nov 14, 2018
  • 5 min read

Cuando una palabra se incrusta en nuestro hablar cotidiano, seguramente tiene mucha mĆ”s trascendencia de la que imaginamos. Hablamos del vocablo ā€œsororidadā€ que aĆŗn no ha sido incluido en el diccionario de la RAE pero que por su uso y costumbre es un concepto utilizado ampliamente alrededor del mundo. Su lexema tiene una raĆ­z latina: ā€œsororā€, ā€˜hermana’ y que heredan el francĆ©s ā€œsoeurā€, el italiano ā€œsorellaā€, el alemĆ”n ā€œschesterā€ y el inglĆ©s ā€œsisterā€. Por otro lado, el vocablo ā€œhermanaā€ que proviene tambiĆ©n del latĆ­n ā€œgermananā€ y que hereda el judeoespaƱol ā€˜ermana’, que proviene del concepto de ā€˜germen’, ā€˜gen’, ā€˜procrear’. Ambos conceptos se unen en este significado. La etimologĆ­a lingüística siempre nos trae versiones interesantes del nacimiento de nuestras palabras. Sin embargo, en este vocablo SORORIDAD prevalece el concepto de la hermandad como un elemento femenino que implica unión entre las mujeres, fortaleza, complicidad y compasión.

No importa en qué círculo feminista se utilice, dentro de qué connotación socio política la encontremos, la verdad es que hablar de sororidad, es encumbrar un espectro diverso de una concentración femenina que nos remonta a nuestros instintos mÔs primigenios. El concepto de las diosas y la fecundidad, esa fertilidad y conciencia de creación que implica el reconocimiento de las posibilidades creacionales de la mujer, nos retrotrae a un arquetipo eterno que convoca una cosmogonía poderosa. La mujer se iguala a los dioses porque ella es el vaso simbólico y colectivo de la vida. Porque en ella nacen y se fecundan los corazones de los seres humanos a los que les da la luz.

Me parece que el concepto lingüístico serÔ muy difícil de pasar por alto, porque estÔ enraizado en lo que significa la vitalidad femenina y nuestra capacidad y conciencia creadora. La sororidad se vincula y se afianza en esos lazos de sangre, en esas líneas ancestrales de un linaje mitocondrial que sigue vivo. Es un vocablo que se adhiere a los conceptos universales, es la multiplicación femenina de la diosa en su división exponencial. Es la cosmogonía metamorfoseada en genealogía, en amor y compasión, en solidaridad remota que se hereda en esos 23 cromosomas que nos deja nuestra madre. Hablar de sororidad es hablar de la mujer y sus poderes. Es definir a la mujer y su inteligencia, es implicar sus luchas y combates contra una misoginia vacunada y alterada, por un prejuicio sexista inoculado por el dolor patriarcal y la maldad de un ego limitado del macho, de un falocentrismo absurdo y cerrado en su historia.

Las mujeres siempre pertenecemos a este clan poderoso y femenino, a este clan de hermanas que podemos reconocer en nuestro propio rostro, en nuestros cuerpos, como un espejo de tiempos infinitos. No importa de quĆ© sector, tendencia o espectro de colores, raza, sociedad; no importa en quĆ© rango de sexualidad se proyecte ni de sus gustos o inclinaciones sexuales o sensuales. La mujer heterosexual u homosexual es la semilla poderosa de su propio nacimiento. Es el reflejo kĆ”rmico del universo en gestación y poder de lucha, y habitan en ella la hermandad alquĆ­mica, la solidaridad de la tribu moderna, la compasión ancestral, el amor genĆ©tico, el empoderamiento cuĆ”ntico de una pasión por el prójimo, la complicidad sexual ante las adversidades causales… El amor y la libertad en su mĆ”s pura versión.

Por eso no es raro ver que en este planeta aún sobreviven en sororidad mujeres poliÔndricas como las que conviven en comunidades nómadas saharianas, y que abiertamente practican la libertad sexual y la elección de sus esposos. Otras, como las de la comunidad Mosuo en Tibet que tienen una sociedad matriarcal en la que el hombre se ve únicamente como procreador alterno que da su semilla a la mujer. Estas mujeres optan por tener sus hijos de diversos espermas y la función del varón es simplemente para la satisfacción o utilidad de ellas. Así mismo, vemos el matriarcado de las Samburu, o el de las Khasi, las Jaintia o las Garo, en la India, mujeres con poder y matriarcado, dueñas de sus tierras en las que son sus hijas, las herederas de ese legado femenino, social y económico. Así mismo, en Sumatra cohabitan unas mujeres de sociedad matriarcal, en Kenia las de Umoja prohíben la entrada de hombres en sus núcleos sociales y en Costa Rica las Bribri tienen a sus madres por líderes en sus grupos. Así hay otros clanes, tribus femeninas de mujeres que han impuesto una tradición acorde con su linaje genético. Se defienden y se protegen. Sea cual sea la razón que dio inicio a cada una de estas costumbres, la verdad es que estÔn cimentadas en una alianza femenina, en una conciencia de genealogía sanguínea, en una herencia mitocondrial y biológica que subyace y supera todo entendimiento.

Pero todo esto es fĆ”cil de entender, los arquetipos no se forjan al vacĆ­o. Todo lo ancestral tiene un antecedente biológico y orgĆ”nico antes de ser comprendido por la ciencia. Esta femineidad estĆ” tatuada en nuestra sangre. Y esto es la biologĆ­a humana. Nos brota de adentro, emana de los resquicios mĆ”s escondidos de nuestra genĆ©tica. La ciencia de hoy ya puede evidenciar que el cerebro de la mujer es distinto que el del hombre. ĀæNos podrĆ­a llevar esto a hablar quizĆ”s de una ā€œneurologĆ­a femeninaā€? Las diferencias estĆ”n en que el lóbulo frontal es mĆ”s grande en la mujer, y Ć©sta es el Ć”rea que se encarga de la toma de decisiones. TambiĆ©n en la presencia de hormonas diferentes; en una corteza lĆ­mbica mĆ”s grande que la del hombre que regula mejor las emociones, y un hipocampo de mayor tamaƱo para una memoria a corto plazo mĆ”s poderosa. Si biológicamente estamos viendo que el ente femenino orgĆ”nico tiene una organización cerebral distinta, y que la estructura de sus hemisferios difiere a la del hombre, no es de extraƱarnos que asĆ­ mismo, los ingredientes del amor, sus monoaminas, niveles de dopamina, de norepinefrina, y serotonina, pudieran darse de una forma distinta en la mujer. Estos factores irĆ”n determinando la conducta, esa solidaridad inherente en nuestro ser, que se refleja en la consistencia y en la insistencia del amor, de esa fuerza irreverente de la hermandad de la mujer, en la fidelidad y la proximia, y en el resultado social y conductual que florecen del parto de la amistad. AsĆ­ tambiĆ©n, los niveles de la oxitocina y la vasopresina serĆ”n distintos… Y todo esto solidifica sus relaciones de hermandad. Ese amor fundamentado en sus orĆ­genes plasma el nacimiento de un eterno femenino, de un nacimiento de compasión ante la adversidad, de una complicidad basada en la sangre, en la genĆ©tica, en la mensis lunar que nos convoca en rito existencial, que nos amarra con ese cordón umbilical celestial y nos entreteje eternidades.

Esa es la sororidad inherente que habita y cohabita en la mujer. Nada surge del vacío. Nos escribimos con sangre, desde la sangre y para la sangre. Nos determina el universo y su concepción, nuestro vientre es cosmogonía sagrada y nuestra mente un universo de pasión y orden que precede al falo, que reafirma, y firma la escritura, la mano de la hermana, la mujer que antecede, la que viene y la que serÔ.

La sororidad es algo mucho mƔs fuerte. Y aunque el hombre quiera silenciar el vocablo so-ro-ri-dad, en su eco habitan la sangre que mancha, marca, fluye, nace, determina y nunca se detiene. La mujer es y serƔ la madre, la hija, la abuela, la amante, la tƭa, la bruja, la alcahueta, la curandera, la partera, la lactante, la proveedora, la diosa; serƔ siempre la hermana y su tinta sabrƔ tatuar en asƭntotas la historia, hasta el fin de los tiempos.

ZoƩ JimƩnez Corretjer, PhD CatedrƔtica de Humanidades Universidad de Puerto Rico en Humacao Twitter: @zoe_escritora

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