TU ÁVATAR ES MÁS FELIZ

Relaciones perfectas, trabajos extraordinarios llenos de propósito, experiencias intensas, comidas suculentas y hermosas familias llenas de amor; en fin, una vida de ensueño. Si una foto en alguna plataforma digital lo muestra, debe ser real... ¿O no?

Somos parte de una sociedad que fundamenta la validez de sus individuos según la imagen que proyecten. Por consiguiente, sufrimos de una obsesión contagiosa que sólo encuentra sosiego al exponer un discurso de éxito, goce y autorrealización. Saber proyectar es una habilidad imprescindible, pero si no guarda congruencia con la acción y la vivencia, nos convierte en una paradoja.


Hemos sido contagiados por el mal de “parecer y no ser”. Obtener la admiración, elogios e incluso la envidia de otros se ha vuelto algo así como un “logro de vida”. Es parte de nuestra cotidianidad. Al comenzar el día, y antes de tomar el café, le realizamos una sesión fotográfica; la luz debe ser perfecta y el ángulo ideal. El proceso puede durar varios minutos, suficiente para que el café enfríe. Llegar al trabajo nos provoca pereza, pero es importante tomar la clásica foto con una gran sonrisa y un majestuoso -pero tal vez copiado- pensamiento motivacional. Salimos a compartir con nuestros amigos, pero pasamos más tiempo revisando la pantalla de algún aparato electrónico que teniendo interacciones genuinas. No podemos esperar para medir la reacción de nuestros espectadores sobre ese estatus que subimos acerca de disfrutar cada instante. Así se nos pasan los días; pretendiendo ser quienes quisiéramos, pero sin hacer nada para lograr transformarnos; es ahí donde nuestro ÁVATAR es más feliz.


Hablamos de éxito, triunfar sobre el miedo, alcanzar sueños. Sin embargo, vivimos encarcelados en una burbuja tecnológica que nos enajena de experiencias y emociones reales. Tan preocupados por la percepción de otros, preparamos todo un discurso de superación que olvidamos sustentar con nuestras acciones. Entonces como resultado, lo que decimos y proyectamos se distancia casi extrapolarmente de lo que realmente hacemos y experimentamos. Nos enfocamos tanto en la apariencia que obviamos el proceso de crear, crecer y evolucionar. Nos privamos del placer de convertirnos en esa persona que anhelamos presentar al mundo. Es que se nos hace más fácil aparentar que construir. Es más atractivo y duele menos el adornar una fachada que comenzar de cero los cimientos. Nos oponemos al proceso de metamorfosis personal, por temor al fracaso de no alcanzar nuestras expectativas.


Nos hemos vuelto expertos en proyectar. Invertimos tanto tiempo en esta actividad que olvidamos experimentar, vivir, ser. Al final del día hemos engañado a todos, dejándoles ver lo que decidimos que vean; esos perfectos momentos “espontáneos” que tanto trabajo nos costó crear. Hemos negociado el vivir a plenitud por instantes de atención a través de alguna red social. Sabemos exactamente el tipo de persona en la que quisiéramos convertirnos, pero no nos esforzamos por transformarnos. Tenemos la visión de la vida que soñamos, pero no tomamos las decisiones que nos llevaran a ella. Inevitablemente, esta inacción de nuestra parte, esta falta de valor ante los retos que nos llevan a construir nuestros sueños, nos obliga a vivir una vida a medias y por consiguiente, mediocre. ¿Qué pasaría si nos arriesgáramos a convertirnos en esa persona que tanto nos esforzamos por presentar a los demás? ¿Cómo cambiaría tu vida si dejaras de aparentar… y simplemente fueras?














MCV

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