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Diario de una maestra




Querido diario:


Soy maestra de escuela intermedia y mi trabajo es intenso, pero gratificante. El mero hecho de tener contacto con tantos jóvenes es una experiencia hermosa, aunque a veces se torna extenuante. Servir de instrumento para facilitar el proceso de enseñanza-aprendizaje ha resultado ser un trabajo enriquecedor ya que, además de brindar el pan de la enseñanza, me convierto también en recipiente de las ideas que emanan de las mentes de la generación que sostendrá nuestro país en el futuro.


Todos los días preparo un plan en el cual se plasma el objetivo medible que se desea alcanzar, pero no siempre éste se logra. Hay días en los cuales estos jóvenes enriquecen la clase aportando los conocimientos que han adquirido a través de diferentes medios, pero hay días en que afloran sus preocupaciones y/o problemática familiar. Son esos los días en los cuales anhelo ser psicóloga para tener todas las herramientas necesarias para tratar sus angustias. A continuación te cuento lo ocurrido uno de esos días.


Estábamos en el salón dialogando sobre la importancia de la tecnología en las ciencias, cuando surgió el tema de los celulares y las redes sociales. Un estudiante (uno de los más conversadores y populares del salón) me comentó que su madre estaba tan aferrada al uso del celular, que había ocasiones en las cuales le escribía un texto estando ambos en la misma casa. De momento escucho a una estudiante llorando; una de las más calladas y tímidas del grupo. Hubo un silencio sepulcral en el salón mientras todas las miradas se volvieron hacia la joven. Me acerqué y le pregunté qué le ocurría, su repuesta fue que ella estaba viviendo una situación difícil debido a que su madre constantemente usaba el celular. Me expresó que su mamá pasaba demasiado tiempo en las redes sociales y que cuando ella se le acercaba para hablar algún tema la respuesta era de rechazo porque estaba entretenida con el celular. Incluso, su madre le insinuaba que sus conversaciones no eran importantes. En ese instante sonaron dos alarmas en mi interior: la de maestra y la de madre. Como maestra les reforcé la importancia de los valores, les recomendé que se atrevieran a sostener esta misma conversación con sus padres; como madre…abracé a la estudiante, así nada mas, sin mediar palabras.


Es en momentos como ese en los cuales nos convertimos en mujeres con visión. Vemos mas allá de los que se transmite a través de unas palabras, percibimos el sentimiento envuelto en la entonación de cada sílaba, en la modulación de la voz, en el lenguaje corporal. Entonces nos corresponde actuar con valor y ocuparnos de que nuestro entorno sea uno donde se respire paz y positivismo sin importar los hechos que ocurran a nuestro alrededor.


Querido diario, quiero seguir siendo una maestra y una mujer con visión.


 

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