Las más frágiles.

Por Ana María Serbiá

Hemos leído, visto y escuchado mucho sobre las personas vulnerables en el casi un año y medio que llevamos de pandemia. Los partes noticiosos se refieren en su mayoría a las personas que tienen condiciones subyacentes que les hacen más propensos a enfermarse de cuidado cuando adquieren el virus, las que no guardan las debidas precauciones en público o privado, y las que rechazan las vacunas. Las campañas para atender cada uno de estos grupos han tenido resultados variados, pero casi siempre hay un denominador común entre el mensaje y su efectividad: la educación.


Cuando digo educación me refiero a la educación en general, al tipo de entendimiento que permite separar la paja del grano. Estudios demuestran que las personas con mayor educación son propensas a tomar más decisiones basadas en los datos científicos probados que en especulaciones.


Antes de continuar quiero separar a un grupo de personas que a mi entender no tienen perdón. Quienes siguen haciendo sus vidas sin considerar a los demás, sin protegerse a sí mismos, a sus familias y sus comunidades, son unos irresponsables. No hay razón para exponer a otros simplemente porque no nos importa protegernos a nosotros mismos. Algunos rayan en lo criminal, exponiendo a otros mucho más vulnerables que ellos.


Es fácil comenzar a culpar a quienes no quieren vacunarse. A la hora de tirar piedras todo en mundo tiene una cantera al lado. Pero esto no se trata de echar culpas, sino de comprender por qué estas personas se oponen a la vacunación. Algunas lo hacen porque se lo dijeron en su iglesia o porque lo vieron o escucharon en su programa favorito. El gobierno carece de la credibilidad necesaria para rebatir efectivamente a estos mercaderes del miedo y la ignorancia, así que nos toca a nosotras tomar la batuta en el asunto.


En nuestra lucha por vencer al virus debemos tomar en consideración a las más frágiles, a las mujeres de nuestro entorno cuyas vidas no les han permitido acceder a la información y educación necesarias para tomar las decisiones adecuadas en momentos de crisis para ellas y sus familias. Debemos enfocar nuestros esfuerzos en educarles, no solo para esta crisis, sino para todas las futuras.


Una buena dosis de fe es necesaria para enfrentar cualquier batalla. Sin embargo, hay que entender que no toda la ciencia es enemiga de la fe y su mayor parte le sirve de apoyo.