Eres débil.

Por Carmen M. Rodriguez

Desde tiempos inmemoriales las mujeres hemos sido definidas como el sexo débil y la gran mayoría de las naciones aún perpetúan esta visión. Hoy, en pleno Siglo XXI y con el auge de formas de expresión menos patriarcales, sigue siendo una frase común en los corrillos masculinos. Lo que no se dice por lo alto ciertamente se dice por lo bajo. Eso lo notamos en la forma en que todavía se considera a la mujer como menos en algunos trabajos, en la milicia y en los deportes, entre otros.


En las últimas décadas y especialmente en los últimos años hemos notado como los intentos por la equidad son ahogados una y otra vez por un patriarcado que se niega a morir. Las ganancias en algunos países y sociedades tienen su contraparte en otras que se atrincheran para negar la equidad a la mujer.


Es por ello que el tema de este mes tiene tanta vigencia. Hoy existen millones de mujeres en todos los países, incluso el nuestro, que son vulnerables a la violencia machista en todas sus formas, desde la física hasta la psicológica. Esa vulnerabilidad se manifiesta en todos los colores y estratos sociales.


En estos momentos necesitamos estar más vigilantes a las políticas laborales, sociales y educativas de nuestros países, y a los discursos que provienen de la academia, la iglesia y los grupos sociales. Tenemos que señalar esas instancias donde se sigue colocando a la mujer en una posición desventajosa, en un círculo de vulnerabilidad disfrazado de adelantos igualitarios.


La vulnerabilidad de la mujer en estos momentos es un arma de doble filo. Por un lado, impide que más mujeres, que todas las mujeres, accedan a los beneficios de una sociedad equitativa. Por el otro, sirve como semillero de dudas y desánimo en la lucha por estos derechos, provocando que muchas mujeres dejen de pelear por lo que les corresponde. Estas dos cosas provocan un círculo vicioso donde por cada triunfo se ven dos reveses y donde las ganancias en terrenos de la equidad se diluyen para beneficiar a muy pocas mujeres.


Nuestro deber es vigilar y señalar estas trampas, sirviendo de guías y apoyo para las mujeres más vulnerables. No debemos esperar que otros sean quienes les saquen de vulnerabilidad; tenemos que ser nosotras. El camino hacia la equidad está lleno de muchas mujeres que se toman unas a otras de las manos y que no se sueltan hasta que forman una cadena poderosa imposible de romper.


De la vulnerabilidad a la equidad hay una muralla entrelazada por mujeres. Une tus brazos a la lucha, apoya a otras mujeres y nunca te sueltes.