El racismo se combate enseñando a amar a nuestros hijos

 

 

"Nadie nace odiando a otra persona por el color

de su piel, o su origen, o su religión."

 

- Nelson Mandela

 

 

Mi hijo Marcel es producto del mestizaje en su máxima expresión, a mí me gusta pensar que por su sangre corren generaciones de historias grandiosas. La sangre venezolana de nuestra familia se juntó con la de la familia de su papá, quien es hijo de un venezolano que se fue a Trinidad y Tobago y allá quedó eclipsado con Debbie, una de las tres hijas del matrimonio de una mujer irlandesa de profundos ojos azules con un guapo hombre de la India.

 

Luego de este resumen que puede confundirse con un trabalenguas, puedo afirmar que en la familia que yo he formado no hay cabida para el racismo,  mis dos hijos menores,  Sergio y Matías son bisnietos de otra maravillosa mujer que llegó a Venezuela en barco desde las Islas Canarias y luego se enamoró de un criollo.

 

Ciertamente el tema que se encuentra en debate por estos tiempos es el racismo hacia la comunidad afrodescendiente y aquí contaré otro punto de nuestra historia, mis tres hijos y yo nacimos en Puerto Cabello, uno de los principales puertos de Venezuela, el cual tiene un gran número de población negra y con un movimiento cultural hacia la afrodescendencia impresionante, nosotros formamos parte de eso también.

 

Como periodistas que somos mi esposo y yo, tuvimos la oportunidad de conocer gente realmente valiosa en cuanto a la lucha por rescatar los valores ancestrales que llegaron para fusionarse en un país nacido completamente del mestizaje. Los conocimos, los estudiamos y luego los compartimos a través de los diferentes medios en los cuales llegamos a trabajar.

 

El racismo es ignorancia y la ignorancia solo se combate con conocimiento, las diferentes razas que existen en el mundo van más allá de la cantidad de melanina que se encuentre en la piel, es cultura, es amor a lo ancestral, a eso que nos recuerda cada día de donde vinimos.

 

He tenido la oportunidad de hablar con personas que ni si quiera conocen los nombres de sus abuelos, peor aún es que tampoco les interese. Yo personalmente lucho contra eso porque creo profundamente en el valor que nos aporta a cada uno de nosotros la ancestralidad. Es eso que nos permite saber de dónde venimos y hacia donde decidiremos dirigir nuestro rumbo.

 

Marcel es quien tiene, hasta donde hemos estudiado, más mestizaje sanguíneo, pero debo decir que también me enorgullezco de su formación, siento que estamos haciendo un gran trabajo en él como ciudadano. Cuando nos dijo que quería estudiar actuación lo colocamos en las manos expertas de Garmen Monteverde, actriz, escritora y directora de teatro, pero además de eso líder del movimiento por el rescate de los valores afrodescendientes, puedo asegurar que de ella mi hijo aprendió más que escenificación.

 

En fin, en lo particular creo que el mundo se cambia con amor y que es en los niños en donde ese amor debe ser sembrado para lograr esos cambios trascendentales que anhelamos para nuestra sociedad. Nosotros los adultos en cambio lo complicamos, lo hacemos difícil e insostenible, lo llenamos de prejuicios ilógicos.

 

Marcel tiene tres abuelas. Neyra (que es mi mamá), Deborah que es su abuela paterna y Eusubrima, la mamá de mi esposo que por determinación y decisión lo asumió suyo desde el momento que llegamos a su vida. Las tres abuelas se comparten al nieto en festivales escolares, cumpleaños y navidades. Por la sangre y también en el alma de Marcel fluyen tres continentes que se enlazan para hacerlo una mejor persona.

Laura González Loaiza

*Periodista

Correo: lauragloaiza@gmail.com

Instagram y Twitter: @lauragloaiza

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