De mi papá aprendí el don de servicio al prójimo

 

 

De mi papá aprendí el don de servicio al prójimo, no importaba la hora, ni que tan cansado estaba, cuando tocaban la puerta de nuestra casa con un animalito enfermo, siempre abría la puerta y atendía. En muchas ocasiones el cuidador no tenía ni un bolívar para pagar la atención médica, pero nunca dejó de atenderlos.

Mi vida como hija de médico veterinario transcurría entre animales propios y hospitalizados. A veces los llevaban con alguna dolencia médica y no los volvían a buscar y la mayoría de ellos terminaba formando parte de la amplia fauna que ya existía en mi hogar.

 

Casi todos los animales que vivieron en mi casa eran “defectuosos” para otros, habían sido abandonados, o ya no los querían en su hogar anterior. A algunos los dejaron quedarse con nosotros, a otros se les encontró una familia y en la mayoría de las veces tuvieron un final feliz.

 

Fueron muchas las veces que quedé vestida, muchas salidas al cine, al parque, a cumpleaños suspendidas, porque ya montados en el carro, alguien le tocaba la ventanilla a mi papá para decirle que tenía una emergencia.

 

En ese momento para mí era difícil entender que la vida del animalito de alguien dependía de mi papá, sentía que yo simplemente no era prioridad. Para cuando mi papá estabilizaba a la mascota en cuestión ya el tiempo había transcurrido y la salida quedaba definitivamente suspendida.

 

Ahora que soy adulta y responsable de mi querida chihuahua, entiendo que el deber de mi papá era atender aquellas emergencias, no quedaba otra opción.

 

Detrás de más de 30 años trabajando como Médico Veterinario hay muchas historias infinitas, una más buena que otra pero hay varias muy puntuales que creo que no podría olvidar jamás.

 

La primera de ellas fue cuando una señora muy humilde y su hijo llegaron a la sala de mi casa con una perrita en labor de parto, era necesario hacer una cesárea de emergencia y ellos no tenían como pagar. La vida de la perrita y sus bebés estaban en las manos de mi papá. Él realizó la cirugía y resultó exitosa, al final la señora preguntó  cuánto era el valor de la intervención quirúrgica y se fue. Varias semanas después volvieron a mi casa con un frasco de vidrio lleno de monedas. La señora había horneado tortas de piña que su hijo salía a vender en la playa, en ese frasco estaba el dinero para pagar los honorarios de mi papá y también le regaló una de aquellas tortas.

 

En la segunda historia sí intervine yo, una señora llevó a su querida gata que era muy vieja y también estaba en labor de parto. Como mi papá estaba trabajando sin ayudante tenía que decidir entre salvar la vida de la gata o la de los bebés. Él se decidió por la gata y fue colocando los gatitos que sacaba de uno en uno en una cajita. Mi hermana Sofía, que para ese entonces tenía unos dos años y yo, nos decidimos salvar a los bebés. Con un secador de cabello y toallas los limpiamos y los mantuvimos calientes hasta que su mamá los pudo alimentar. La propietaria de la gata era una señora italiana con mucho dinero y al conocer como mi hermana y yo habíamos salvado a los gatos, nos llenó de regalos hasta el día que ella murió, Navidades, cumpleaños, día del niño cuando regresaba de sus viajes, siempre, siempre había regalos y cariños para nosotros.

 

Nunca mi papá hizo alguna distinción entre los propietarios de sus mascotas, nunca determinó quien podía pagar más o menos por sus servicios mientras el Centro Clínico Veterinario “Mis Mascotas” mantuvo sus puertas abiertas.

 

La crisis económica y política obligó a mi papá a dejar la clínica que levantó con el esfuerzo y dedicación de mi familia. Cerrar  aquello por lo que trabajó durante tantos años hombro a hombro con mi mamá ha sido una de las decisiones más duras que le tocó tomar. La migración para nosotros como familia ha sido una lección de humildad, pero cuando se tiene buen corazón, siempre, siempre, se puede volver a comenzar.

Laura González

*Periodista

Instagram: @lauragloaiza

Correo: lauragloaiza@gmail.com

 

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