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Mi valentía

Recuerdo el momento exacto en que mi vida cambió, pero en el momento no tenia ni idea.  Fue el vodka y el muy mal monitoreo de mi regla.  Una semana antes de mis 25 años fue el momento de la fecundación.  Mientras celebraba la llegada del cuarto de siglo un pequeño cigoto se desarrollaba en mi útero, pero sin embargo las cervezas (entre otras cosas) seguían entrando en mi.  No tenia ni idea. 

 

Era muy regular, así que al más mínimo atraso me ponía en alerta.  Una semana de atraso, le dije a mi pareja y fui a buscar una prueba de embarazo casera.  En la mañana del viernes 7 de marzo, vi el positivo.  Escribo y un fuerte dolor en el pecho brota, como si el tiempo no hubiera pasado.  Sigo sintiendo el mismo nerviosismo de esa mañana.  Sigo sosteniendo el celular para decirle a ese hombre que estaba embarazada, seguido por un “no lo puedo tener”. 

 

Comenzaron las llamadas a centros en a metro que pudieran remediar mi situación.  Nunca me vi como madre, y menos con alguien con quien solo estaba pasando el rato.  No éramos una pareja formal, entonces ¿porque tratar de hacer algo que no iba a funcionar? Tenia que terminar esto lo antes posible, $350 podían ponerle fin en un abrir y cerrar de ojos, o eso pensaba yo.  Tan rápido como en una semana, 14 de marzo, ya estaba en la clínica.  Decidida, pero asustada.  Pensaba, soy una mujer firme, decidida, libre y si no quiero un hijo, no tengo porque tenerlo.  Me registré, pagué y esperé a que mi nombre fuera llamado.  Entro en un pequeño cuarto.  A la derecha una camilla o el burro de parto.  Al frente un counter con frascos e instrumentos ginecológicos.  A la derecha un baño, al que entré siguiendo instrucciones de quitarme todo y colocarme la bata.  El ambiente estaba frío, titiritaba más por nervios que por el frío.  “Acuéstate”, me dijo el doctor.  “Esto solo te va a molestar como la regla”, me indicó antes de inyectarme anestesia hasta adentro.  Después no recuerdo mucho, solo que quería que terminara ya.  Luego me dice que algo ocurre y la extracción no pudo ser completada.  “¿Cómo que no?”, pensé, “si esto es para acabarlo en un dos por tres”.  “Pudo haber sido un embarazo ectópico, necesitas visitar tu ginecólogo”

 

La tensión del fin de semana no me dejaba conciliar el sueño, tenía que esperar hasta el lunes, 17 de marzo, para que me dieran claridad en mi situación.  Lunes a primera hora estoy en la sala de espera de una ginecóloga que en mi vida había visto.  Le conté todo lo ocurrido, hablamos por lo que me pareció una eternidad.  “Hay varias posibilidades, pero hay que examinarte para estar seguras”, me dijo.  Otro quítate todo y móntate en la camilla.  Allí estaba aún, en definitivas que el aborto no se completó, porque pude ver un pequeño grupo de células que todavía habita en mi útero.  ¿Y ahora qué?, pregunté.  “Hay que esperar.  No puedo hacer nada hasta estar segura de que no hay vida”.  Ahí sudé frío, no quería esperar, quería terminar esto Ya, pero el destino no tenía las mismas ansias que yo. 

 

Una semana de pensar y que va a pasar ahora, ¿será que me tengo que preparar para ser madre?  ¿Si una vez no funcionó, cómo funcionaría una segunda vez? No iba a poder hacerlo otra vez, si había vida, no iba a tener más remedio que tenerlo. Una semana de visitas al laboratorio para confirmar embarazo y ver niveles de hormonas.  24 de marzo, segunda cita con la doctora y un día que tengo muy grabado.  Ya en la camilla, piernas abiertas, están examinando mi interior.  Ese pequeño grupo de células inmóviles que hace días vi, hoy latían. Se movía muy lentamente, igual que la lágrima que bajo por mi mejilla.  Había vida en mi, ¿pero sobreviviría?  La doctora no me pudo dar una contestación concreta, no podía adivinar lo que pasaría.  “El ritmo cardiaco es muy lento y anormal para el periodo en el que te encuentras, pero nunca se sabe lo que pueda pasar”. 

 

Sin embargo, en mi mente ya tenía una conclusión, sería madre.  A los 25 años, de un hombre que no me ama y que yo creía que si amaba.  Ya me tenía que empezar a preparar.  Primero buscar donde vivir juntos, me negaba a no tener responsabilidad completa, tenía que crecer.  La búsqueda no fue tan difícil, un apartamento muy cerca a la playa, cómodo y céntrico.  Se firmaron los papeles viernes 28 de marzo.  Estábamos listos, el destino también. Martes 1 de abril.  Por ultima vez en esa oficina, en camilla, piernas abiertas.  Ya no hay más latidos, se acabó la vida que hace una semana batallaba por sobrevivir.  El “dos por tres” se convirtió en semanas de llanto, angustia, ilusión y preparación.  El en estacionamiento frente al plan médico donde debía pedir autorización para un procedimiento en el hospital lloré largo y tendido, en los brazos de ese hombre que estuvo a mi lado.  Que a pesar de estar más que ready para ser padre, respetó mi decisión y me acompañó en el proceso.  Me sostuvo mientras sacaba de mi todo el peso de la desilusión, de la culpa, del sufrimiento y a la vez del alivio.  Lloré hasta que ya no había más nada que sacar. 

 

 

Ahora me tocaba otro proceso, también doloroso, muy difícil y que me puso muy ansiosa y asustada.  Me tocaba entonces tener un raspe para dejar el útero limpio.  Me tocaba también contarles a mis padres por lo que estaba pasando.  Decidí solo contarle a mi madre y solo por el hecho que se iría de viaje y si algo me pasaba en el hospital no quisiera que estuviera preocupada.  Sentadas frente a la TV, “mami te tengo que decir algo”, ella le pone mute, “Estuve embarazada y ahora me tienen que hacer un raspe”.  Sus ojos se abrieron muy grandes y se puso de pie, solo para caminar a mi y abrazarme. “Cuanto quisiera que estas cosas no te pasaran, cuanto quisiera protegerte”.  Y nos abrazamos en silencio por un rato.  No preguntó más, no cuestionó, no me juzgó, pero ¿no me habrá juzgado por que solo le dije la media verdad?  No sé y tal vez nunca lo sepa.  Solo se que estuvo ahí.  “Debes decirle a tu papá”, me dijo.  “¿Por qué?”, le pregunté.  “¿Por qué es tu papá?”, no llevaba más explicación.  Sabía que era lo correcto, pero también pensaba que no quería compartir eso con él.  Nuestra relación no era buena y sabía que iba a ser aún más estresante.  Pero decidí hacer lo que mi sabia madre me decía.  Ella estuvo de acuerdo en hacerse que no sabía nada y que les dijera a los dos a la vez.

 

Otro día, frente a la televisión, luego de que él terminara de comer.  “Les tengo que decir algo”, otra vez mute al televisor, “Estuve embarazada y ahora me tienen que hacer un raspe”. “¿Y quién fue el chamaquito?”, su primera respuesta.  Mami actuó sorprendida y yo solo estaba indignada y molesta.  “Ningún chamaquito, un hombre que no está aquí dando cara porque a mi no me dio la gana de traerlo, porque tu no eres una persona racional con quien se pueda dialogar sin que rápido haya que gritar y molestarse”.  Se paró y se fue, yo hice lo mismo.  Manejaba con un coraje y solo comparaba su reacción con la de mi madre.  “Por esto no quería contarle, porque no se sabe controlar, porque no sabe hablar calmado, porque es hombre, que podrá entender él”, esto y más pensé en el camino a nuestro apartamento. 

 

Llegó el día del raspe y mi madre pidió llevarme al hospital, quería estar conmigo.  Acepté.  A pesar de no haberme juzgado, su vena religiosa no podía silenciarse por mucho tiempo.  Unos 25 minutos de camino estuvieron repletos del pecado en el que estaba viviendo por la convivencia, solo si supiera el pecado que había hecho mucho antes.  Ahí si sentí su juzgar, pero de una situación que me preocupaba muy poco. 

 

El raspe fue rápido y ya en la tarde estaba en nuestro apartamento descansando.  El apartamento en el que convivimos por 4 meses antes de regresar a la casa de mis padres.

 

Hoy, 5 años después de esta experiencia, son muchas las emociones que sentí mientras escribía y revivía cada evento de este “dos por tres”.   Estaba tan decidida en ese momento, tan clara de que un aborto era lo que debía hacer, más sin embargo, decirlo me paraliza, me aterroriza, me pone muy ansiosa.  ¿Porqué si creo completamente que tomé la decisión correcta, me cuesta admitir que lo hice? ¿Porqué la culpa? Podría pensar porque siempre me dijeron que es algo malo, pero “guess what”?  no me arrepiento.  No vi mal el decidir por mi lo que quería para mi vida.  ¿Qué pude haber tomado otra decisión?  Claro que sí, pero la que tomé me ha permitido llegar hasta donde estoy hoy 5 años después.  Aunque no me arrepiento, no es fácil que descubran la verdad de ti.  No es fácil pensar que te juzgarán, que dirán y pensarán como pude haber sido capaz.  Por que fueron años que te dijeron que es algo malo.  Pero, ¿es algo malo decidir por ti, tomar control de tu vida?  ¿Es algo malo no querer traer otra vida a este mundo porque reconoces que lo traerías a una sociedad podrida? ¿Es malo decidir que no estas lista y punto?

 

Mi verdad y mi contestación es NO, no es malo.  Pero no te invito a que pienses como yo, te invito a que pienses según lo que crees, según TU criterio, no el de tus padres, ni el de tu pareja, el tuyo.  Piensa y decide por TI. 

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