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Viajes mágicos

August 18, 2018

 

Recientemente me han preguntado cuál ha sido el lugar más bello que he visitado. Y aunque conozco a casi una docena de personas que han ido a más destinos que yo, a pesar de que me siento muy afortunada de poder viajar me enfoco más en la experiencia que en el destino. Pero todo es cuestión de gusto. A mí, por ejemplo, me gustan los espacios naturales, la arquitectura, el arte, la cultura y otras cosas que para muchos podrían sonar aburridas. Pues está quien disfruta una estadía en un hotel todo incluido y experimenta el mismo sentido de bienestar. Habrá también quien no está dispuesto a sacrificar las comodidades que está acostumbrado o las lleva aunque sea al medio de una selva y aún así lo pasa divino. Todo es cuestión de gusto. Lo importante es lograr un espacio de plenitud, un instante en donde nos conectamos con el todo. Algo que para mí es fundamental la razón para viajar.

 

Así que no se sienta mal si no viaja cuanto quisiera, yo he vivido experiencias muy memorables tan cerca como en alguna playa o hasta en la finca de mi difunta abuela aquí en la isla. Momentos que se quedan, de esos que no hay que empacar para vivirlos. No se puede quedar uno esperando a un buen día salir y ver el mundo desde la perspectiva de un pájaro. Hay que interactuar con nuestra realidad, observar y dejarse encantar. Hay tanto que ver y sentir. En Puerto Rico hay muchos espacios naturales de gran riqueza y aventuras que se pueden disfrutar libres de costo o a precios muy módicos. Se ahorra uno hasta el hotel pues puede regresar a su casa al final del día. Lo de la comida, no hace ni falta mencionarlo pues quien no haya ido a la playa o al rio con un ollón de arroz con pollo no se puede llamar boricua. 

 

 

Pero olvídese del pasaje y acompáñeme, les quiero contar de mis momentos mágicos fuera de Puerto Rico, de algunas memorias dignas de compartir vividas en Costa Rica, Tórtola, Dominica y Perú. Han sido momentos especiales extraídos de cuatro vacaciones maravillosas. Pues tuve la fortuna de visitar a Costa Rica en dos ocasiones en los años noventas. Son muchos otros los destinos pero estas vivencias son las que se quedan como un tesoro. La primera vez que fui a Costa Rica utilicé todos mis ahorros y con un poco de la generosidad de mis amigas pasé unas vacaciones de ensueño. Costa Rica trajo consigo muchas aventuras y momentos muy especiales. Aunque el segundo viaje fue tan bueno como el primero, mi momento mágico ocurrió en el primero, en una playa llamada Manuel Antonio localizada al sur del país en la costa pacífica. Esta propiedad que hoy día debe albergar algún resort para turistas adinerados o mejor aún lo hicieron parte de la reserva natural que le colindaba al sur, no sé, parecía tomada de alguna escena con náufragos. La propiedad estaba en su estado más rústico con una estructura de dos niveles hecha en madera y hormigón. Nos quedamos allí a un costo de cinco dólares la noche y bañándonos con una ducha que perdía el flujo de agua al bajar el baño. Nosotras teníamos dos cuartos y unas españolas el otro. En total había seis mujeres en aquel “hotel” que parecía fuera de lugar, aunque quizás era la última memoria de lo que fue el área antes de convertirse en un área turística.  Contrario a nosotras y aunque solo estaba a pasos de los restaurantes, nadie parecía interesado en llegar en aquel lugar. 

 

 

Para que entiendan este momento, es importante que sepan que a mí siempre me han encantado los atardeceres tanto como los amaneceres y siempre que viajo trato de ver alguno. En este caso las invité a todas pero solo Ide, que en paz descanse, quiso venir conmigo. Caminamos por el terraplén del frente para llegar a la playa. No era una playa para bañistas y como colindaba con la reserva tenía mucha vida no como las playas estériles de arena blanca que tanto admiramos. Encontramos un tronco ya trabajado por el mar y en el que podíamos sentarnos las dos. Conversamos un poco y de repente nos colmó el silencio. El atardecer se había convertido en todo un espectáculo. Ante nuestros ojos todo se cubrió de una luz rosada. Nosotras sorprendidas no podíamos ni hablar pues ambas expertas en atardeceres nos acostumbramos al naranja. Ya no recuerdo ni cuanto duró pero al sol de hoy no he visto nada igual. Desde entonces no he parado de buscar el color de rosa en los nuestros. De muchas otras aventuras vividas y disfrutadas allí; desde viajar en bus con los locales entre gallinas, verduras y sudor, darle la vuelta al volcán Arenales en un vehículo todoterreno criollo para esquivar las líneas de turistas, hasta quedarnos a pie en la selva y tener que caminar en la oscuridad con nuestros bultos buscando un supuesto albergue, nada se compara. Ese atardecer me lo llevo a la caja.

 

 

Otra experiencia divina que viví fue acompañando a mi tía a realizar su sueño de nadar con delfines, como siempre digo, no hay casualidades. Yo tenía mis reservas pues eso de que los tengan encerrados en estanques o piscinas nunca me ha gustado. Pero me abrí a la posibilidad y decidimos averiguar si existía algún lugar donde los tuvieran libres en el mar. De esa búsqueda salió la isla de Tórtola y la idea de tomar un crucero que pasara por ella. Encontramos uno que además paraba en otras islas no tan populares con los turistas en un barco pequeño que parecía más uno científico que un crucero. Así que sin planificar terminamos yendo a Dominica no sin antes tener la espectacular experiencia de nadar con un delfín y tenerlo en brazos como a un bebé. De poder mirarlo frente a frente, de interactuar con el sola y verlo entrecerrar los ojos en respuesta a mis caricias. Estar flotando en una pequeña bahía abierta al mar rodeada de manglares en presencia de este inmenso ser, hermoso, inteligente y conectar con él fue simplemente espectacular.  Como el propósito del viaje eran los delfines y fue nuestro primer destino, lo demás llegó por añadidura como dicen en el campo. Todo nos parecía fantástico y disfrutamos mucho de giras en tierra en las demás islas. En Dominica escogimos una que nos llevaría a su famosa cascada llamada “Emerald pool”. En la guagua el guía trataba de pasar el rato con información, anécdotas y trivias. En una de esas menciona que en la isla existe una reserva de indios caribes. Nosotras quedamos sorprendidas pues no sabíamos de su existencia e inmediatamente empezamos a preguntar.

 

 

Aparentemente desde la conquista los que llegaron se mantuvieron a un lado de la isla y los indios permanecieron en el otro sin mezclarse. Hoy día los descendientes directos hacen artesanías y bailes para los turistas que los visiten. Lamentablemente algo que nuestra línea de crucero no tenía como alternativa. El asunto es que nuestro interés fue tal, que el guía se nos acercó y nos dijo que para donde íbamos había un área de artesanos, con suerte estarían allí. Nos fuimos con el grupo a la cascada pero no podíamos parar de pensar en la oportunidad que habíamos perdido de ir a su reserva. Comimos rápido y sin perder tiempo fuimos a los artesanos. En la primera mesa había una mujer de piel trigueña, bajita, de cara ovalada y cabello canoso largo en una trenza que llegaba a la cintura. Cuando miro sus productos eran canastas tejidas en paja y caretas talladas en camaroncillo. La miro de nuevo y le pregunto, ¿es usted descendiente de los indios caribe? Me mira con una sonrisa tímida y me dice que sí, que vive del otro lado de la isla. Al preguntarle quien hacia las artesanías me dijo que toda la familia. Su nuera y ella tejían las canastas, y los varones tallaban las caretas. Estar ante esta mujer de manos callosas, mirada tímida y voz suave fue uno de los más grandes honores de mi vida. Traté de decirle pero no pude, no quería que se incomodara y jamás le habría robado su dignidad retratándola. Me conformé con conocerla y tener un momento para hablarle. Lo que le compré lo despliego en mi casa con orgullo; una careta y una canastita hecha por ella.

 

 

A Perú fui hace solo unos años y creo que aunque le dé la vuelta al mundo siempre será uno de mis destinos favoritos. Una amiga y yo planificamos una ruta muy ambiciosa y de mucho movimiento. Teníamos vuelos internos, traslados en bus, taxis, tren y múltiples guías. Todo coordinado por una agencia internacional que, aunque cara solo usa guías locales y nos permitía viajar solas. Pero como éramos solo dos se hacía relativamente fácil movernos entre ciudades. Llegamos a Lima y desde allí nos transportamos a Paracas para navegar hasta las Islas Ballestas, el equivalente peruano a las Islas Galápagos. De ahí continuamos a Nazca. Ya llevábamos varios días en Perú a lo largo de la costa pacífica. Al igual que en los demás destinos nos mezclábamos con la gente de pueblo, gente muy humilde y encantadora. De camino vimos muchos paisajes hermosos, desiertos, ruinas y comimos muy buena comida entre muchas otras cosas, pero hay instantes que se quedan o por lo menos así lo vivo yo. El asunto de volar las líneas de Nazca nunca fue ni mi idea ni estaba en mi lista de prioridades, simplemente se dio. Todo alrededor de ese vuelo fue muy rico en historia inca. En el pueblo de Nazca pudimos ver en el desierto momias recién excavadas y sistemas de riego construidos por los Incas aún funcionando. En el pueblo no había mucho mas, era un área muy árida y todo parecía cubierto por una arenilla fina. El aeropuerto, cuyo uso es exclusivo para estos vuelos me pareció muy parecido al de Vieques o en su tiempo al de Mayagüez y su gente igual de servicial. Ya en vuelo sentía la emoción de la experiencia pero no fue hasta que la avioneta se giró sobre las montañas y vi el gravado sobre la roca del famoso astronauta que se me pararon los pelos. Allí en ese instante me sentí tan pequeña como una gota de agua. Sin tratar de descifrar como y bajo la influencia de quién, me sentí parte del cielo, de cada partícula que lo compone. Honrada de ver lo que con tanta fe solo se puede apreciar desde las nubes. 

 

 

Unos días más tarde viví una experiencia que no tan solo me acompañará en esta vida sino en unas cuantas más, Machu Pichu. Para llegar aquí tuvimos que regresar a Lima y tomar un vuelo interno a Cusco para luego ir trasladándonos por diferentes pueblos hasta llegar allí. Que tampoco es tan fácil pues también se tiene que tomar un tren para llegar a Aguas Calientes. Del Cusco no puedo hablar sin dedicarle un artículo completo pues uno de los pocos lugares que visitaría una segunda vez. Las demás ciudades que visitamos muy humildes y llenas de seres lindos, monumentos y ruinas del imperio inca. Todas hermosas y difíciles de olvidar. Pero ya al llegar al pueblo de Aguas Calientes uno se siente humilde, manso. Esta pequeña ciudad enclavada entre las montañas es el único poblado cerca de Machu Pichu y su único acceso, lo demás está compuesto de picos muy altos. De acuerdo a nuestro guía la visita también tiene un componente de suerte pues no siempre está claro y llueve con cierta frecuencia. Para nuestra fortuna, el día estaba claro y la temperatura divina. Tomamos la guagua y como si estuviéramos en los campos de Puerto Rico subimos guiando cerca del risco, evadiendo boquetes y dejando pasar a las otras guaguas. Al llegar se sentía una energía casi ceremonial, la anticipación era grande. Habían turistas de todas partes del mundo y aunque se hablan en diversos idiomas se hablaba en voz baja. 

 

Comenzamos a caminar, todo está arreglado de manera que se llega por la parte de arriba y solo entonces es cuando se aprecia su majestuosidad. En la vereda los guías se divierten insinuando que es una subida larga y empinada, nosotras con la respiración entrecortada por la altura y las ansias de llegar solo nos sonreíamos. Pero no era cierto, llegamos rápido y mientras nos acercábamos se podía escuchar a los demás turistas suspirar ante la vista. Finalmente nos tocó nuestro turno y como los demás nos salió un “waoooooo”, era simplemente espectacular. Todo se silencia y aunque se ve desde arriba se siente al revés. Uno pequeñito ante un inmenso templo que se devela con cada paso. No se le puede hacer justicia con unas cuantas líneas o un párrafo. 

 

Tan pronto como comenzamos a bajar tuve que parar y sentarme en una roca. Las emociones no me permitieron continuar en la fila de turistas. Era mucha la energía del lugar y yo tuve que pausar. Ya luego pude continuar. El guía comprendió que en momentos buscaba algún lugar solitario y se encargaba de mi acompañante de viaje. En esos instantes toqué los bloques, me asomé al risco vertical que lo bordea, sentí la brisa y exploré áreas que los demás turistas parecían no interesar. Me habría quedado a pasar la noche pero en honor a lo vivido, el derecho de los demás a disfrutarlo, las estrictas y muy justificadas protecciones, el mismo templo te bota del otro lado. Yo no sé si vale ir dos veces. Supongo que es como el primer beso aun con la misma persona los demás no saben igual. 

 

Como han podido ver estas experiencias no van necesariamente ligadas al lujo o a un instante repetible, a veces la causalidad y el universo conspiran para que se den. No toma mucho darse cuenta que cada uno tiene una experiencia distinta y se lleva consigo lo que le eleva. Es un instante individual aunque se sienta colectivo. Tampoco se pueden crear expectativas de lo que nunca se ha vivido, tenga apertura. Sea paciente al viajar, recuerde que el alma siempre encuentra lo que busca. Namaste.

 

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