Una historia

October 17, 2016

 

¡A la verdad que debo estar fuera de mis cabales! Ni siquiera entiendo como accedí a esta propuesta descabellada de escribir un artículo. Aunque disfruto de la lectura, y mi padre fue escritor (mi padre tiene nueve libros publicados y cantidad de premios del Instituto de Cultura Puertorriqueña), no pensé que escribir sería algo que yo haría. Soy contadora y, como dicen por ahí, “cuadrada”. No obstante, aquí estoy, escribiendo acerca de porqué decidí estudiar contabilidad. Espero no aburrirlos.

 

Sí, soy contadora certificada, o “CPA”. Recientemente me nombraron directora del departamento de contabilidad (“Chief Accounting Officer”) de un banco de la comunidad en la Florida. Desde que me dieron el nombramiento hace menos de un mes, he pensado muchísimo en mi camino profesional; los sacrificios de mi tiempo personal y el tiempo de mi familia para cumplir con mi responsabilidad laboral. Pero la realidad es que no vengo a quejarme, pues he tenido muy buenas oportunidades profesionales y las he aprovechado al máximo. Aun así, no he podido dejar de pensar en las vueltas inesperadas que ha dado mi vida profesional y que me han traído hasta donde estoy hoy día.

 

Recuerdo trabajar con números desde que tengo catorce años, aunque nunca imaginé que me dedicaría a ellos. Todo comenzó con un antojo de jovencita de escuela intermedia. Audicioné para cantar en el coro de mi escuela en un viaje a los Estados Unidos. Aunque no éramos pobres, en mi casa no había dinero para viajes. Mis padres trabajaban para que mi hermano menor (llamémosle menor, aunque es mayor que yo por catorce meses) y yo asistiéramos una buena escuela, y la realidad es que no nos sobraba dinero para mucho más. Recuerdo que yo quería ir en una gira por el noreste de los Estados Unidos a cantar con el coro de la escuela y me faltaban $250 para completar el costo de la gira. Así que decidí hacerle una propuesta a mi hermano mayor, que tiene un negocio propio que él y su esposa han trabajado muy exitosamente. Mi propuesta descabellada era que me prestara los $250 y tan pronto regresara de mi viaje, trabajaría en su negocio, haciendo lo que fuera necesario, hasta que le pagara el dinero. ¡Mi hermano accedió a mi propuesta, qué felicidad la mía! Gracias a mi hermano y su generosidad (su generosidad y la de su esposa me ayudaron en numerosas ocasiones a través de mi vida) pude ir nueve días a cantar con el coro de mi escuela y fue una experiencia enriquecedora que jamás he olvidado. Pero, luego de la gira, había responsabilidades que cumplir.

 

Como persona responsable que soy, el primer sábado luego de mi viaje me reporté a trabajar en el negocio de mi hermano mayor, como habíamos acordado. Ese día, trabajé unas tres o cuatro horas y, al despedirme de mi hermano, el me entrega dos billetes de $20. Se los devolví y le recordé nuestro acuerdo. Mi hermano insistió en que me llevase el dinero y me informó que no le tenía que pagar los $250. De ahí en adelante, trabajé prácticamente todos los sábados en el negocio de mi hermano durante el año escolar y de lunes a sábado los veranos, hasta que me gradué de escuela superior. Trabajando con mi hermano aprendí a llevar libros contables, a cuadrar la caja diariamente, a procesar la nómina, a atender a los clientes en el mostrador, a organizar actividades educativas; hasta me tocaba pasar el mapo cuando el piso de frente al mostrador se mojaba por una filtración que había en el techo del local. Mi hermano mayor me enseñó a apreciar los números y a trabajar fuerte por lo que uno quiere obtener en la vida. Hace algunas semanas, cuando él me felicitaba por mi reciente nombramiento, le pude hablar de cómo su ejemplo influenció mi manera de enfrentar el trabajo – con empeño y dedicación. No estaría hoy día donde estoy si mi hermano mayor no me hubiera exigido más de lo que yo creía que podía dar esa temprana edad.

 

Al terminar la escuela superior, sin realmente saber qué quería hacer profesionalmente, me fui a estudiar a una universidad lejos del área metropolitana, donde vivía con mis padres. Estudiar lejos de mi casa requirió que me hospedara cerca de la universidad. Al empezar la universidad, me había matriculado en el departamento de Inglés para terminar un bachillerato en “English Literature” (voy a responsabilizar a mi amor por la lectura de esa decisión).  Aunque me hospedaba a casi tres horas de la casa de mis padres, regresaba los fines de semana al área metropolitana para trabajar el sábado por la mañana y ganarme el dinero de los gastos de la próxima semana. Mis padres me ayudaban con el pago del hospedaje, pero yo trataba de aliviar la carga económica como pudiera. Así transcurrieron casi dos años. 

 

Durante los años que estuve hospedada, para mis padres era muy difícil ayudarme económicamente con los gastos. Por tal razón, decidí solicitar una transferencia a una universidad cerca a la casa de mis padres. Tengo que confesar que tenía un novio en área metropolitana y eso hizo la decisión mucho más fácil. Al cambiar de universidad, también decidí cambiar mi bachillerato a contabilidad. Mi deseo en ese momento era quedarme trabajando con mi hermano y obtener un bachillerato en contabilidad era lo que hacía sentido en mi mente. Esta decisión la tomé muy seriamente. Estudiaba de lunes a viernes y trabajaba alrededor de veinte horas semanales para cubrir mis gastos y ayudar a mis padres con los gastos de la casa. Me gradué Cum Laude con bachillerato en contabilidad y continué trabajando en el negocio de mi hermano mayor luego de mi graduación.

 

Aproximadamente dos meses después de mi graduación recibí una llamada de una amiga diciéndome que en el banco donde trabajaba estaban buscando una secretaria. Le agradecí su llamada y le dije que había estudiado contabilidad y si fuera a cambiar de lugar de trabajo, lo haría solo por un trabajo en el área de contabilidad. Para mi buena suerte, el banco estaba buscando un contable.  Así fue como llegué a la industria bancaria. 

 

Luego de este cambio significativo en industrias, decidí obtener mi certificación en contabilidad (eso es otra historia que les contaré más adelante). Mirando hacia atrás y viendo como mi vida fue encaminada hacia la contabilidad, solo puedo concluir que no todas las personas saben exactamente a donde quieren llegar profesionalmente al graduarse de escuela superior. Soy vivo ejemplo de eso. Solamente sabía que tenía que obtener un bachillerato (en mi casa no había otra opción) y trabajar fuerte para ser exitosa – no importa a lo que decidiera dedicarme. La vida me fue llevando paso a paso a donde tenía que ir. Claro está, yo aproveché todas las oportunidades que se me presentaron para aprender y crecer profesionalmente, y tuve supervisores y mentores excepcionales que vieron mi potencial y dedicaban de su tiempo y esfuerzo para encaminarme profesionalmente. También tuve supervisores que, debido a su maltrato, me enseñaron como no se debe tratar a un empleado. Así que, de cada uno de ellos aprendí una lección.

 

No siempre sabemos exactamente a dónde vamos, profesional y personalmente. Creo que lo importante es agarrar cada oportunidad que la vida nos presenta, con mente positiva y poniéndole nuestro mayor esfuerzo. Y así mismo, continúo aprendiendo que “se hace camino al andar”.  ¡Andemos sin miedo al camino que dejemos hecho en el proceso, aunque no tengamos idea a dónde nos llevará!

 

 

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