Cinco cosas de las que es imprescindible hablar antes de decir: “Sí, acepto”.




Las estadísticas no son halagadoras. Dos de cada tres matrimonios terminan en divorcio. Muchas personas le temen a la sola mención de la palabra y hay un número cada vez más grande de escépticos que piensan que la unión formal está, inevitablemente, llamada a fracasar. Sin embargo, el matrimonio sigue siendo la meta a corto o largo plazo de la mayoría de los noviazgos. Entonces, la pregunta obligada es: ¿hay alguna forma efectiva de burlar las estadísticas y lograr un matrimonio sólido y duradero? La respuesta es, sin duda alguna, afirmativa.


¿Por qué, entonces, tantas personas no lo logran? Y, más importante aún, ¿cuál es la fórmula de los que sí tienen éxito? La mayor parte de las personas estaría de acuerdo en que una comunicación efectiva es la clave de una relación de pareja saludable. Lo que muchos no pueden definir es en qué consiste una comunicación efectiva. Cuando recojo el historial de las parejas que vienen a terapia, casi siempre descubro que aunque la mayoría de las parejas hablan mucho entre sí, hablan poco de algunos asuntos que son verdaderamente importantes. Estas parejas, sobre todo las jóvenes, pueden decirme sin titubear el color o la comida favorita de su pareja, el perfume que usa y su tamaño de ropa y calzado. Pero, cuando hago preguntas como “¿qué piensa tu pareja sobre tener hijos?” o “¿cuál será el arreglo económico en su matrimonio?”, mayormente recibo como respuesta una sonrisa enigmática, cejas levantadas y ojos inmensamente abiertos.


El asunto es que el éxito de una relación depende, en gran medida, de que las expectativas estén lo más cerca posible de la realidad; y la única manera de ajustar las expectativas es conocer bien a la persona con la que vamos a compartir nuestra vida. Esto suena demasiado obvio, pero curiosamente no es común que las parejas hablen de aquellas cosas que serán trascendentales en su matrimonio antes de llegar a él. Veamos, entonces, aquellos temas que son imprescindibles tocar antes de decidir la persona con la que queremos pasar el resto de nuestras vidas:


1) Dinero. Este es, posiblemente, el tema más difícil para la mayoría de las parejas. Muchas personas hablan de presupuestos, de cuánto pueden pagar por la casa, por los servicios básicos, por los alimentos o la transportación; pero no hablan de la manera en que se van a dividir esos gastos. El problema llega cuando uno de los dos espera que los gastos se dividan de cierta manera y el otro tiene una expectativa totalmente diferente, o si van a mantener sus cuentas separadas o a depositar todos los ingresos en una cuenta conjunta. La realidad es que no hay una fórmula correcta que funcione para todas las parejas. La lógica dicta que cada uno debe aportar de manera proporcional con sus ingresos, pero cada pareja debe llegar a sus propias conclusiones porque hay veces que uno de los dos tiene ingresos mayores, pero no fijos, y quien tiene el ingreso fijo no puede asumir solo los gastos del día a día. Tendemos a dar por “correcto” lo que vimos en nuestros hogares de procedencia y no necesariamente lo que fue efectivo para nuestros padres será efectivo en nuestra relación.


2) Hijos. En primer lugar, necesitamos saber si ambos están en sintonía con la idea de tener hijos. Muchas veces damos por sentado que todo el que se casa quiere tener hijos y la realidad es que hay muchas personas que no se ven a sí mismos asumiendo la responsabilidad de los hijos, lago que hay que respetar. Aún si ambos quieren tenerlos hay que hablar de cuándo y de cuántos, cuán frecuentes, quién se queda cuidándolos o deja de trabajar, o si ambos van a permanecer trabajando y los niños irán a un cuido. En caso del último, si será un lugar que brinde esos servicios o si será familiares (y si esos familiares están disponibles). También hay que decidir desde qué edad van a separarse de mamá y papá. Igual que con lo económico, las suposiciones en este tema son peligrosas.


3) Las reglas del juego. La convivencia es maravillosa, pero está llena de retos. Cuando una pareja decide vivir junta la relación experimenta, necesariamente, un cambio enorme. Uno de los más grandes es que la rutina diaria cambia por completo. Es prácticamente imposible que se mantenga inalterada la vida diaria cuando comienzan a vivir bajo el mismo techo. Para muchas personas, acostumbrarse a incluir a la otra persona en sus planes o tener que dar cuenta de dónde estaba o dónde va es un gran reto que algunos resienten. Hay quienes se resisten a estos cambios en la rutina. Aquí también entra en juego lo que cada uno vio en su hogar de origen y las expectativas que cada uno tiene sobre lo que será la vida en pareja una vez se casen. Es saludable que cada uno tenga tiempo para compartir con amistades o compañeros de trabajo y que no hayan expectativas de estar 24/7 en contacto con la pareja. Aún así, debe existir una expectativa de comunicación y, sobre todo, consenso sobre la manera y frecuencia que pasen compartiendo con otras personas.


4) La fidelidad. ¡Ah, el tema más temido (aparte del económico) por las parejas! Muchas personas entienden que esto no hay que hablarlo. Piensan que “se cae de la mata” que en un matrimonio haya expectativa de fidelidad. Después de todo, la promesa de fidelidad forma parte de los votos en la ceremonia del matrimonio. Sin embargo, una gran cantidad de las separaciones y divorcios se deben a la presencia de una tercera persona. El problema es que no todo el mundo define la infidelidad de la misma manera. Para algunos, la infidelidad se configura solamente si se llega a compartir íntimamente con otra persona. Para otros se trata de cualquier contacto físico (romántico, por supuesto) y para otros, cualquier coqueteo es una forma de infidelidad. Hay actos u omisiones que quizás no son infidelidades pero pueden ser deslealtades. Una condición indispensable para una relación de pareja sólida y duradera es la lealtad absoluta hacia el otro. Hay comportamientos que, aunque no tengan la intención de ser infiel o desleal, pueden enviar el mensaje equivocado a otras personas, por lo que es imprescindible hablar de ello abierta y francamente. Ambos deben saber, exactamente, cuál es la expectativa de la pareja sobre el comportamiento respecto a terceras personas.


5) Los desacuerdos. Pensar que porque uno está enamorado no va a tener desacuerdos ni discusiones es vivir en una fantasía. Todas las parejas tienen desacuerdos y los momentos de confrontación, si se manejan correctamente, pueden ser experiencias de mucho crecimiento para las parejas. Callar aquello que nos molesta o que nos hiere puede ser una bomba de tiempo, que puede explotar por cualquier cosa insignificante. No se trata de quejarse o criticar cada detallito que no nos guste; eso crea resentimientos y no es saludable para la relación. Sin embargo, hay cosas que no deben dejarse pasar. Cada persona deberá hablar con franqueza de aquellas cosas que no son negociables, como el respeto, y deberá poner por mutuo acuerdo los límites que no han de cruzarse jamás, no importa cuanto coraje se tenga. Esto es mejor hacerlo en un momento cualquiera, que estén los dos tranquilos y no cuando están molestos por algo. El viejo dicho de que una pareja no debe irse a la cama con un problema sin resolver no es, necesariamente, cierto. A veces es mejor tomar una tregua e irse a descansar. Al día siguiente, con la mente fresca, las cosas se ven de otra manera y la comunicación puede fluir más efectivamente.


En fin, una relación sólida y satisfactoria es posible si existe voluntad, compromiso y, sobre todo, amor. El romance no es exclusivo del noviazgo y debe mantenerse y renovarse en cada etapa de la relación. Defender el tiempo de la pareja y disfrutar plenamente de la intimidad física y emocional es una de las grandes recompensas de la vida juntos. La seguridad que da saber que, aún en los momentos difíciles, la estabilidad de la relación no está en juego, nos permite una intimidad y respaldo que harán la relación cada vez más sólida.


Mirelsa D. Modestti González, Ph D

Psicóloga / Escritora / Comunicadora

mmodestti@gmail.com

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